La misa ha terminado (fragmento)Gustavo Álvarez Gardeazábal
La misa ha terminado (fragmento)

"Pocos saben cómo fue el primer año de Martín en el seminario. Tal vez ahora saldrán los testigos honrosos de esos días o callarán para siempre los vergonzantes. Y no se sabe por qué. O no fue muy importante para él y nunca lo tuvo registrado en la memoria que desbordó sobre Rogelio. O quizás el mismo monseñor Casimiro lo convenció que no contara nada de ese período donde ni los profesores ni el rector se dieron cuenta de sus andanzas. Debió haber llegado a hacer lo mismo que hizo en el colegio de doña Yolanda o en el par de años que pasó en el Gimnasio del Pacífico. Habilidades como esas no se pierden y mucho menos cuando se va adentrando en la adolescencia. Pero como también estaba convencido que podía ser cura y que si quería salir adelante no podía dejar huella de su vertiginoso deseo sexual, es muy probable que ese año en el seminario de Cristo Sacerdote lo haya pasado en olor a castidad y se haya retenido los deseos. La historia recomienza empero en las primeras vacaciones que Martín vuelve a pasar en Tuluá. El orden de las cosas no lo sabe nadie y muchos se lo atribuyen al destino y otros a la divina providencia, pero si no se hubiesen dado las circunstancias precisas, Martín no habría entrado en la vida de Rogelio y ni el uno ni el otro se hubiesen metido de lleno en el berenjenal en que se convirtieron sus vidas. Un año de seminario, de disciplina férrea, de aguantarse en el dormitorio el deseo de no pasarse a la cama del compañero, de no salirse de la ducha para meterse a la del otro y pegarse del biberón, un aprendizaje rudo del latín y una posibilidad, como interno, de no escaparse del yugo, lo llevó sin duda a alguna a madurar su comportamiento y a esperanzarse en su consagración como sacerdote. Pero le hacía falta alguien a su lado.
Alguien que le llenara el inmenso vacío que le dejó siempre la falta de su padre en la vida.
Tenía dos opciones con sus vacaciones en Tuluá. O volvía a buscar a los compañeros del Gimnasio que tanto se lo disfrutaron o buscaba en otros aires para reforzar sus ambiciones sacerdotales. La tentación fue mayúscula pero diez meses de abstinencia pudieron más que el pecado y prefirió reordenar su existencia, abandonar el desorden y buscar apego y no satisfacción. Ya habría tiempo de volverse a desbocar cuando no resultara un estorbo para su meta. Resolvió entonces ir a misa todos los días para hacerle ver al menos a su mamá que estaba de verdad metido de lleno en su deseo de llegar a ser cura. Pero no lo hizo ni a San Bartolomé ni donde los Franciscanos. Le pareció muy exagerado meterse en iglesia grande. Y no fue a dar a la parroquia de María Auxiliadora de los salesianos porque todavía se sentía ligado al Gimnasio y le fastidiaban los curas y sus alumnos. Fue entonces cuando, según él, los hilos del destino se cruzaron y según Rogelio, la divina providencia se apareció a guiar sus pasos. Martín resolvió ir a la única misa diaria que celebraban en la capilla de Las Conchitas y como Rogelio seguía obsesionado por la visión atronadora de la monjita que había visto desnudarse, le dio por ir en esas vacaciones a la misa de la misma capilla. Finalmente estaba al pie de la casa de su tío y como en vacaciones no tenía obligación de ir a misa todos los días como en el colegio de los salesianos y, de alguna manera, la misa se le había convertido en su desayuno de la esperanza para sus cada vez más agresivos deseos sexuales, allá cayó y encontró el eslabón que le hacía falta a la cadena de su vida. "



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