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La huachafita (fragmento) "En la casa de sus padres, una extensa y hermosa mansión del tiempo de la colonia—disponía de un departamento completamente independiente, arreglado con muy buen gusto y mucho confort. Muebles ingleses, magníficos tapices y algunos objetos de arte escogidos en compañía de un amigo pintor, en Paris, decoraban el departamento de Mendez, que él llamaba «mi hueco» El «hueco» comunicaba por medio de una discreta puertecita con una callejuela casi siempre desierta; con el rostro cuidadosamente velado habían entrado por aquella puertecita, algunas amigas de Ricardo, que venían a vivir con él unos instantes de lo que el joven calificaba de «camaradería sensual». ¿Refinamiento intelectual, cultura, elegancia espiritual? A Ricardo—a quien sus amigos llamaban, a veces, Dick—no le preocupaba eso. En Europa le faltó siempre el tiempo para detenerse ante las iglesias y en los museos; los conciertos y las conferencias lo aburrían; las viejas ciudades, el paisaje, el campo lo dejaban indiferente; la emoción, la sensación las buscó en unos labios de mujer y en los grandes espectáculos deportivos. Y Ricardo no era torpe, además tenía cierto buen gusto innato, que lo salvaba de ser el señorito y cursilón, que solo sabe bailar y colocarse bien la corbata, pero era un perezoso intelectual y los libros se le antojaban austeros, desagradables. Para él lo más interesante era el flirt, el amorío rápido y deleitoso, la aventura amorosa. Del matrimonio pensaba Méndez, que era la parte práctica de la vida; un negocio que debía resolverse con toda seriedad, con toda prudencia. ¿El amor con A mayúscula, como dice no sé qué autor? Pues cosa de poetas, un ensueño más o menos lindo e......... irrealizable. Y sobre un ensueño por más delicioso que sea —opinaba Ricardo— no se funda una razón social, ni se resuelve un negocio. Ahora Dick atravesaba una crisis de aburrimiento bastante intensa. A pesar de su simpatía, de su distinción, de su elegancia había encontrado alguna resistencia de parte de unas amigas muy prácticas, que veían en él un posible marido, un «buen partido» y no al simpático compañero de un momento de placer. A las insinuaciones de Méndez habían respondido con risas sarcásticas, que lo mortificaron vivamente. Él no admitía que las mujeres fuesen prácticas; eso era cosa de hombres. " epdlp.com |