Una cuestión personal (fragmento)Andor Gábor
Una cuestión personal (fragmento)

"Cuando me he dado cuenta de ello —y me he dado cuenta de ello inmediatamente, porque ha sido imposible el que no me diese cuenta, ya que el hombre del guardarropa es un poco asmático y resopla ruidosamente detrás de mi espalda—; cuando me he dado cuenta de su presencia he comenzado a mirar al aire, como si estuviese reflexionando acerca de lo que debo de escribir sobre el papel. Aunque yo sabía ya puntualmente las frases que deseaba escribir al consejero municipal para que le hablase al alcalde, para que le hablase... etcétera, hasta llegar al ministro, no comienzo a escribir, pues se trata de una cuestión personal; se trata de una prima mía, con la que trabé conocimiento en el parque de la ciudad y a la que desearía diesen un empleo de telefonista en una modesta central de provincias, allí donde la circulación es escasa y queda mucho tiempo libre.
Pero esto pertenece a corrupción; por lo tanto, no se puede escribir ante los ojos del encargado del guardarropa.
Entretanto, el botones se ha colocado igualmente a mi espalda y el hombre del guardarropa, que es alto, le deja pasar amablemente delante y, por lo tanto, caldea mi nuca con su respiración. El botones ve que me devano los sesos, lo que le hace creer, no sin motivo, que voy a escribir algo muy chistoso y que vale la pena de esperar.
En estas circunstancias, decido no escribir la carta de la cuestión personal, pero que escribiré lo que aquí escribo. Y.… escribo. Hasta este momento únicamente el hombre del guardarropa y el botones son los que me leen; pero aún no han llegado a poner en claro cuál es el carácter de mi trabajo. No saben si es serio o cómico. Hacen, pues, una seña al jefe de los camareros para que les ayude a descifrar el sentido de lo que yo escribo.
En este momento es cuando llega detrás de mí el hombre del servicio y, haciendo enormes esfuerzos con todos sus ojos, lee estas modestas líneas por encima de mis hombros, después de haber apartado a un lado al hombre del guardarropa, que es grande y desigual y le tapaba la vista. Y el botones saca un terrón de azúcar del bolsillo y se lo pone en la boca, comiéndoselo detrás de mi nuca y haciendo chascar los labios; pero no puedo darle una bofetada porque de ese modo declararía saber lo que está ocurriendo aquí, a mis espaldas. Y si a pesar de saberlo lo aguantase, todo el personal no me tendría ya ningún respeto, y la próxima vez que deseara escribir una carta personal, la próxima vez... En realidad, ¿qué sería lo que ellos podrían hacer la próxima vez? Podrían mirar lo que yo escribiese. En efecto; eso es lo que podrían hacer, y nada más. Y esos ya están en disposición de hacerlo. De suerte que... ¿sería mejor que le diese al botones una bofetada que le volviese la cara del revés?
El botones lee el mensaje que le dirijo; pero, ¡oh maravilla!, a pesar de eso no se separa de mi espalda. ¿Dime, canalla, por qué no te vas de detrás de mi espalda cuando ves que los otros dos miserables están también allí? Y ahora hay ya tres, pues el jefe de los camareros, queriendo ver qué es lo que interesa a sus colegas, se ha acercado también. Ahora estamos ya encadenados los unos a los otros. Yo escribiendo esto y ellos tres —es decir, con el botones tres y medio— leyéndolo. Yo no puedo decirles nada por las razones expuestas más arriba, mientras que ellos... —aunque yo escriba de ellos las cosas más graves— no pueden ofenderse, pues con eso confesarían que estaban leyendo lo que yo escribo."



El Poder de la Palabra
epdlp.com