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El abismo de San Sebastián (fragmento) "Schmidt tenía algunas ideas concretas sobre el arte, el lugar del arte en la vida de uno, cómo había que pensar y escribir sobre arte e incluso cómo debía reflejarse en los pensamientos más íntimos de uno. El arte, pensaba, y yo también, debía ser la pieza central de todo nuestro mundo. Schmidt no tenía paciencia para la gente que no apreciaba el arte en su más alta expresión y las consideraba personas tontas e irrelevantes, gente que, en su opinión, no tenía nada en común con él, con la que no había ninguna forma posible de relación y con quien la más breve conversación era una pérdida de tiempo. No reverenciar el arte y no considerar el arte como el logro más importante del ser humano las descalificaba inmediatamente para la amistad. Aún menos aprecio sentía por aquellos que tenían el arte en la más elevada y exaltada estima, pero eran demasiado perezosos o torpes, incapaces de escribir, y por tanto pensar, acerca del arte. Schmidt compadecía a esas personas, porque sus corazones, decía él, estaban en el lugar correcto, por decirlo así, pero carecían de la inteligencia para conducirse con soltura, y por tanto Schmidt las compadecía, más que descalificarlas completamente, si bien no las tomaba en serio en absoluto. Era notorio que Schmidt odiaba a mis dos esposas, a la primera y a la segunda. Puede que él también tuviera algo que ver en el fracaso de mis dos matrimonios. He dicho notorio porque el odio de Schmidt a mi primera esposa y a la segunda era bien conocido en nuestro círculo de amigos. Cuando mi primera esposa admitió ante Schmidt durante una cena que el arte, y la pintura en particular, no le parecían especialmente emocionantes, Schmidt hizo una mueca de dolor, dejó el tenedor sobre el plato y suspiró dramáticamente; luego se excusó, explicando que tenía una cita que había olvidado y de la que se había acordado de manera repentina e inexplicable, pero dejando bastante claro que no había cita ninguna." epdlp.com |