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La necesidad de amar (fragmento) "Estábamos en la Piazza di Sant’Egidio. En la puerta de un palazzo romano. Era enorme, de un color blanco roto, la lluvia y la falta de pintura le daban un aspecto decadente. La hiedra amarillenta por la falta de cuidado y la acción del potente sol romano colgaba como un racimo olvidado a lo largo de la fachada. Las manchas marrones de humedad junto a los canalones convertían las paredes blancas en un lienzo abstracto. El palazzo estaba bordeado por una verja verde con la pintura desconchada. A pesar de todo, transmitía belleza. Tenía muchos ventanales y varias plantas. Desde el coche pude ver unos jardines al fondo con unos árboles enormes. También una fuente y, tras un sendero, lo que parecía ser una piscina. Pude apreciar un trasiego de gente en el jardín. Unos perros salieron alegres a recibirla. Antes de abandonar el coche, la mujer se bajó las gafas hasta la punta de la nariz para mirarme a los ojos. Y pude ver los de ella. Eran negros, grandes, preciosos y expresivos y coronados por unas cejas pobladas. En ellos se podía adivinar una vida llena de emociones. —Gracias. Aquí es donde vivo, nos vemos en la fiesta. —Y se despidió dándome un beso en la mejilla. «De esos ojos no te vas a olvidar, Martí», pensé. (…) No sé por qué intuí algo oscuro. —Un día te la contaré, y si crees que tiene el suficiente interés para una novela, dejaré que la escribas. La noche transcurrió llena de misterios, pero también de confesiones. Cuando los silencios empezaron a ser más largos y la sensación de incomodidad me asaltó, decidí que era mejor irme. —Mañana debo madrugar, si no soy disciplinado no acabaré nunca. Las estrellas seguían de nuestra parte y daban a esa noche una luz cinematográfica. —¿Quieres quedarte a dormir con nosotros? Su propuesta me desarmó y me quedé bloqueado unos instantes. Viola tenía los ojos brillantes. —No puedo arriesgarme a pasar otra noche fuera de la Academia, me juego la expulsión —dije a modo de excusa. Viola me cogió de la mano, entramos en el palazzo, desconectó el tocadiscos y subimos las escaleras. Thomas iba a nuestro lado. Y yo no supe o no pude decir que no. (…) Intenté alejarme, pero resultó imposible, estaban pegados a mí. Y aunque traté de hacerme amigo de otros grupos, no fui bien recibido. La música sonaba cada vez más fuerte y mis oídos estaban a punto de estallar. Me llevaron a la playa, sacaron dos navajas y me quitaron todo el dinero que llevaba encima. Los chicos me dieron un par de puñetazos mientras la chica del pelo rojo vigilaba que no viniera nadie. Los golpes me tiraron al suelo, donde me propinaron un par de patadas más. Después se marcharon. Me quedé quieto, con la cara aplastada sobre la arena hasta que también el sol me dolió en la cara. Me levanté, los primeros bañistas empezaban a colocar sus sombrillas y los niños gritaban a mi alrededor. Intenté situarme y me dirigí a la estación de tren. Les pedí dinero a un par de guiris que estaban comprando billetes, pero no me lo dieron. Lo intenté con otros explicándoles que me habían robado y que necesitaba volver a Barcelona, pero me miraron con extrañeza y continuaron su camino. Así que aproveché que el personal de taquilla estaba distraído y me colé de un salto. Una vez en el andén, me di cuenta de que llevaba sangre en la camisa y tenía el labio roto. Todos me miraban y se alejaban. ¿En qué me había convertido?" epdlp.com |