El capitán Dikshtein (fragmento)Mikhaíl Kuráyev
El capitán Dikshtein (fragmento)

"La punzante idea de que no habría tenido el menor sentido que Valentina tirara la mesilla tal como se proponía hacer devolvió a Igor Ivánovich a la realidad, si bien se abstuvo de abrir los ojos y ni siquiera se percató del súbito tránsito del sueño a la vigilia.
Sin embargo, una idea venida desde el sueño lo absorbió de lleno. Vender la mesilla, ir a casa de Valentina y, sin despojarse siquiera del abrigo, ¡pam!, arrojar los treinta rublos encima de la mesa. ¡Aquí los tienes, a ver si aprendes el valor de las cosas! ¡Que ellos no necesitan esa mesilla! Bueno, ¿y acaso hay alguien que necesite de veras esa porquería pulida y repulida? Que la hicieron en una fábrica de aquí de Gátchina, ¡y eso a quién le importa! Al diablo tanto mueble elegante. Este al menos tiene un espejo: ¡ahí lo tenéis! ¿Quieres afeitarte? Adelante. ¿Peinarte? Adelante. O arreglarte el cuello del abrigo. Componerte el nudo de la corbata… Es cierto que no resulta muy cómodo mirarse en ese espejo porque, como quiera que sea, está en el fondo y hasta un poquito oscuro. Pero ¿qué importa? Y, encima, ¿a qué burro se le ocurriría afeitarse mirándose en el espejo de una mesilla?
Solo un hombre sabe la extraordinaria exaltación que provoca el dispendio negligente de generosidad y la caridad administrada de manera aparentemente casual, actos ambos que elevan el espíritu y la razón hasta unas cumbres donde reinan la libertad verdadera y la sabiduría divina.
Sí, claro que valdría la pena llevarle esos treinta rublos y ni uno menos para sentirse embargado por la satisfacción de ser un hombre, y un padre, conocedor de la vida, que algo sabe de sus entresijos ¡y que sabe vivirla!
Desde la cocina, le llegó el tintineo del cuchillo que acababa de caer en el fregadero. El grifo emitió un resoplido sonoro."



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