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Amigas (fragmento), de Más tarde, ese mismo día "Era cierto, el tren correo podía suponernos dos horas más de viaje. Miré a Ann. A ella le había costado mucho trabajo venir. Pese a todo, no podíamos movernos. Permanecíamos allí, en fila delante de Selena. Tres viejas amigas. Selena apretó los labios y dio a sus ojos una expresión glacial. Conozco esa cara. Una vez, ya hace años, cuando los chicos aún eran chicos, la puso con toda modestia ante J. Hoffner, el director de la escuela primaria. Él había dicho: ¡No! Sin una preparación específica no puede ser tutora de esos chicos. Los problemas son serios. Es preciso saber cómo enseñar. Nuestra Asociación de Padres había decidido ofrecer una tutoría personal para los niños hispanos, que estaban en manos de profesores agotados, y hacinados en aulas abarrotadas de arribistas pequeñoburgueses. El señor Hoffner había dicho, primero en una comunicación escrita, para mostrar seriedad, y luego en un encuentro personal, para demostrar seriedad, que no podía permitirlo. La propia junta de profesores había dicho que no. (Tantos noes iban a dar lugar a terribles acontecimientos en los colegios y barrios de nuestra pobre ciudad tan necesitada de síes.) Pero casi todas las mujeres de nuestra asociación eran independientes; por necesidad y por temperamento. Éramos, en efecto, las almas candorosamente tenaces de la anarquía. Aquel año yo tenía los viernes libres. A eso de las once de la mañana evitaba el despacho del director y subía corriendo hasta la cuarta planta. Me llevaba a Robert Figueroa al fondo del vestíbulo, y allí practicábamos el arte de contarnos cuentos durante unos veinte minutos. Después escribíamos las letras del alfabeto que unos extranjeros astutos inventaran hace mucho para burlar el tiempo y la distancia. Aquel día Selena y su testaruda expresión permanecieron al menos dos horas en el despacho. Por fin, el señor Hoffner, asediado, dijo que dado que ella era enfermera, se le permitiría colaborar llevando a los más pequeños a aquellos lavabos tan modernos y complicados. Algunos de esos niños, dijo, acaban de llegar de los bárbaros montes de más allá de Maricao. Selena dijo que sí, que se encargaría de eso. Y en los lavabos se dedicó entonces a enseñar a las niñas cómo debían limpiarse, tal y como había hecho con su pequeña un par de años antes. Luego, hacia las tres, se los llevaba a su casa y les daba galletas y leche. Los alumnos que inauguraron aquel año comieron galletas en la cocina de Selena hasta que terminaron el último curso. Ahora bien, ¿qué fue lo que aprendimos el año aquel de mis viernes por la tarde libres? Lo siguiente: Que si bien no podemos cambiar el mundo charlando con los niños de uno en uno, podemos, al menos, conocerlo." epdlp.com |