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Los pájaros (fragmento) "Más allá de la cerca se erguían dos álamos marchitos, cuyas copas lucían blancas y desnudas entre los verdes abetos. Se erguían el uno junto al otro, y la gente del pueblo los llamaba Mattis-y-Hege, aunque de puertas adentro. Martis se había enterado por casualidad. Habían juntado las palabras para formar una única: Mattis-y-Hege. Debían de haber estado usándola desde mucho antes de que Mattis la oyese. Las copas resecas de dos álamos pegadas, entre los verdes brotes que crecían en los abetos. Mattis sentía un amago de rebeldía contra eso, mas no era capaz de dejar de clavar la mirada en ellos. Pero Hege no debe ser advertida al respecto jamás, dictaminaba cada vez que permanecían sentados como ahora. Echaría chispas de lo furiosa que se pondría. Y, en cualquier caso, a los árboles ya los llamaban así. Al mismo tiempo, Mattis encontraba una especie de consuelo silencioso en el hecho de que los árboles permaneciesen allí. Seguramente solo eran una molestia y un incordio allí donde se alzaban, pero al propietario no se le iba a ocurrir talarlos justo delante de sus ojos, para luego echarlos a la estufa. Habría sido demasiado cruel hacer algo así delante de las personas que sufrían por compartir sus nombres, prácticamente un asesinato, Por ese motivo no lo hace. [...] Y entonces se marchaba. Ya no lo escuchaba, se iba haciendo cada vez más pequeña, y al final solo era un punto negro; y ahí se quedaba. Era imposible que desapareciera del todo en este triste juego. Justo entonces fue cuando tuvo lugar el gran acontecimiento: Mientras Mattis cavilaba y se imaginaba a Hege marchándose, estaba sentado en su lugar de siempre en los escalones de la cabaña, mirando hacia las colinas que se alzaban al oeste del lago. El agua lucía negra, y las colinas se perfilaban profundas y oscuras. Un bello crepúsculo veraniego, tanto en el cielo como en la tierra. Mattis no era en absoluto ciego ante estas cosas. La cabaña se encontraba en un vallecito pantanoso en la colina junto al lago. Entre el pinar se alzaban también abedules y álamos. Un arroyuelo descendía a través de la hondonada. Algunas veces Mattis pensaba que este lugar era más hermoso que cualquier otro lugar que él hubiese visto; de los pocos que había recorrido. Quizá le embargase esa sensación también en ese momento; en cualquier caso, permaneció ensimismado, dejando que oscureciera más, si es que se le podía llamar oscurecer, y no solo una penumbra sin nombre." epdlp.com |