Con el viento solano (fragmento)Ignacio Aldecoa
Con el viento solano (fragmento)

"El limpiabotas medita sentado en su caja, con las espaldas pegadas a uno de los pilares de los soportales […] cloquea el tacón la joven lagarta de los tenientes. Hoy el preso canta el rancho extraordinario y duerme la gran siesta, tras fumarse un petardo en el retrete. […] Apiñaban las cabezas las mulas. El sol hacía sudar. Algunos tratantes llevaban pañuelos en torno al cuello para no manchar las camisas. Los cagajones, los orines, daban un olor pesado que se pegaba al rostro y a las ropas. Andar por la feria, era entrar en un baño de vapores animales, formar parte de un color, integrarse en un ruido.
[...]
Las paredes manchaban. El marinero negro, de pantalón azul impúdicamente ajustado hasta media pierna, acampanado sobre los pies desnudos, cubierto el torso con una camisa a rayas amarillas y moradas, sonreía tocando el acordeón, sentado bajo las palmeras. Enfrente, la negra de caderas atinajadas, con los pechos descubiertos y un faldellín vegetal en torno a la cintura, culebreaba el ritmo. Con saliva o con vino, dedos anónimos habían retocado el trópico al temple en un sentido obsceno. Sobre la puerta de la habitación había un reloj de péndulo y gran caja. Sus agujas marcaban las seis. Estaba parado. Al fondo, el balcón abierto permitía oír gritos y carcajadas de mujeres y hombres en la calle.
Del techo colgaba una lámpara con copas para las bombillas, de color de malva. Su luz era turbia, penumbrosa, blanda. Bajo la lámpara, una desnuda y económica mesa de comedor. En torno de ésta, sillas de diferente factura. Sillas de colmado pintadas de verde, de gruesas patas y asiento de paja, con flores de calcomanía en los respaldos; sillas del juego de la mesa, tapizadas en rojo; sillas plegables de aguaducho de verbena.
Los gritos y las carcajadas se escuchaban ya dentro de la casa. Entró en la habitación un hombre y de un salto se sentó en la mesa. Cuando la algazara se canalizó en el pasillo, hizo ruidosamente palmas y canturreó. Desembocó la jarana. Tres mujeres y cuatro hombres. Tras éstos, calmosamente, serenamente, aburridamente, una mujer madura que se apoyó en el quicio de la puerta e hizo una mueca de disgusto por el ruido."



El Poder de la Palabra
epdlp.com