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El libro de las despedidas (fragmento) "Una felicidad absurda, animal, invadió a Olga, y le hizo olvidar las dificultades y los padecimientos de los últimos meses. Ya no contaba nada, excepto el deseo de encontrarse lo antes posible de nuevo con sus niños, de precipitarse en el mar y de nadar todo el tiempo que fuera posible. Todo su cuerpo reclamaba, de repente, el agua salada, el sol, el aire delicioso de Crimea. Lanzó un rugido de triunfo como cuando era una niña pequeña, y después una jovencita, hasta que se lo prohibieron con el pretexto de que aquello no era adecuado. La puerta de su habitación se abrió entonces y tres niños descontrolados se arrojaron sobre ella, gritando, chillando, peleándose por cogerse a sus manos y su cuello. En el vano de la puerta, voluntariamente apartada, esperaba la niñera junto al último, el más pequeño. Éste parecía dudar de que aquella guapa señora con camisón y el pelo espeso y castaño que le llegaba hasta la cintura fuera la mamá cuya llegada tanto le prometían desde hacía unos días. Su aire arisco trastornó a Olga y fue a él a quien tomó el primero entre sus brazos. [...] Tres días seguidos de registros han puesto patas arriba el orden de nuestra casa. Los marineros enviados por el soviet de Yalta buscaban armas, supuestamente. A pesar de mis protestas, cogieron cartas y documentos relativos a la buena marcha de la propiedad. Olga se puso frenética, y le dijo a aquel que se decía jefe de todos ellos: «Vosotros sois la prueba de la debilidad del Gobierno provisional de Kerensky, ¡no le obedecéis a él, sino al soviet de Petrogrado! ¡A los bolcheviques!». Tuvimos miedo de que la detuvieran por la insolencia, pero se contentaron con burlarse de ella. ¿Cómo hacerle comprender que debe ser más prudente? Los niños que se hallaban presentes no tuvieron miedo: consideraron aquella «visita» como un juego. Con la perspectiva de nuestra partida, empiezo ya a preparar los equipajes. Dejo Baïtovo a Oleg con toda confianza. Ninguna novedad de Micha." epdlp.com |