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La historia de Agatón (fragmento) "En este estado miserable, que la impaciencia natural de su temperamento hacía insoportable, se arrojó a los brazos de Dion, quien se había retirado a una remota finca rural durante los últimos tres meses; escuchó sus ideas con una atención de la que nunca antes había sido capaz; y aceptó con avidez las sugerencias que este sabio le hizo, para poder llegar a ser tan grande y feliz como ahora se veía despreciable y miserable a sus propios ojos. Por lo tanto, cabe imaginar que no tuvo ninguna dificultad en convocar a Platón a su corte bajo cualquier condición que su amigo Dion estuviera dispuesto a ofrecer; él, que en su condición podría haber sido persuadido por el primer sacerdote de Cibeles para unirse a la Orden de los Coribantes, sacrificando la mitad de sí mismo en el proceso. A pesar de las evidentes muestras de un cambio radical en el tirano, Dion se dejó engañar en gran medida por su propia filosofía. Concluyó, con razón, que los frenesíes de la última fiesta habían propiciado tal cambio; pero se equivocó profundamente, pues, debido a los prejuicios propios de una filosofía acostumbrada a separar demasiado el alma y su actividad del aparato fisiológico en el que se inserta, no reconoció que la buena disposición de Dionisio provenía enteramente de un profundo disgusto físico por los objetos en los que hasta entonces había buscado su único placer. Confundió las consecuencias naturales de la indulgencia excesiva con los efectos de la convicción que ahora sostenía de que los placeres de los sentidos no podían brindar felicidad; presuponía que en su alma habían ocurrido multitud de sucesos que el alma de Dionisio ni había imaginado ni era capaz de imaginar. En resumen, juzgó, como casi siempre hacemos, el alma de los demás según la suya propia, y sobre esta premisa construyó un edificio de esperanzas que, para su gran asombro, se derrumbó tan pronto como Dionisio recuperó el valor." epdlp.com |