Las inocentes (fragmento)Ioana Pârvulescu
Las inocentes (fragmento)

"La casa siempre era algo nuevo y atractivo, un lugar digno de ser explorado, sin defectos, sin límites, sin muerte. Si en aquel entonces aún no sabíamos que la gente se moría, menos sabíamos aún de casas y ciudades, civilizaciones o estrellas. La vida, sin embargo, se aprestaba a enseñarme que eso no era así. Si algo he aprendido de la vida es que nunca nada es así. En fin, que cada vez que alguien abandonaba una edad para ingresar en otra, cambiaba la casa. La invisible, me refiero.
Se acercaban las vacaciones de verano. En nuestras familias se había instalado desde hacía tiempo un ambiente tenso y se desataban peleas por cualquier cosa; a Magda, nuestra tía bisabuela, una mujer más fuerte que un hombre —a pesar de que la mano le temblaba como si se pasara el día picando berenjenas— la habíamos sorprendido más de una vez con los ojos enrojecidos. Todos la llamábamos Tanti, quédate con este detalle, porque a partir de ahora me referiré a ella con este nombre. Y su marido, de bigote aún negro y pelo blanco como las cerdas de un cepillo, el tío Ionel, que tenía dos voces, una alegre y otra enfadada, había adquirido hacía poco una tercera, afligida.
[...]
Me asusté. No sabía qué significaba aquello de las humedades, pero lo que tenía ante mis ojos se parecía al sudor o al llanto de las paredes. ¿Por qué tendrá que sudar nuestra pobre casa? ¿Tanto calor pasará? ¿Le habrá entrado miedo? Nuestro grupo no tardó en reunirse para debatir el asunto junto al abeto del patio de enfrente, un patio colindante con la iglesia de San Juan. Lo raro es que la iglesia no se llamara Vladimir Mayakovski. Seguro que ni se les ocurrió. El patio del abeto tenía el encanto de un número de ilusionismo: empezaba en nuestra calle y acababa en otra. Era fácil perderse en él, huir de los enemigos que querían hacerte prisionera, atarte de pies y manos y torturarte hasta sonsacarte todos tus secretos. Siempre nos anduvimos con ojo para evitar ese riesgo. Así pasaba en los libros, así pensábamos que debíamos hacer también nosotros y así lo hacíamos. Durante toda mi niñez todo lo que aprendimos fue a sobrevivir. Y todos los padres, los abuelos, los tíos y los tíos abuelos nos enseñaban cómo hacerlo. El abeto era parte inseparable de nuestros juegos. A su alrededor jugábamos al pillapilla o al escondite: nos tapábamos los ojos por turnos, pegados al tronco, con los ojos entornados y las manos apoyadas en la corteza cubierta de estrías y resina, mientras el resto de los muchachos se ocultaba cerca de allí. No podía resistirme a aplastar con el dedo índice alguna gota de resina cual lágrima cristalizada, escarchada igual que la miel de nuestra despensa. Cuando te manchabas las manos con esa crema de abeto, el pringue —a diferencia de la miel— no se iba ni con jabón, sino que te dejaba un lamparón amarronado de recuerdo. Si te la acercabas a la nariz, olía de maravilla. Supe entonces que la resina es la sangre de los abetos y que solo brota de los cortes y los arañazos. A decir verdad, nuestro abeto tenía bastantes heridas por la cantidad de resina que impregnaba su corteza, con la que me manchaba que daba gusto. De todos los rasguños —ya fueran míos o de otros niños— no salía más que sangre normal y corriente, roja, inodora y sin cristalizar, lo cual era una auténtica pena. Cuánto me habría gustado que la sangre oliera como la resina. Siempre me pareció que los árboles son superiores a los humanos en muchos aspectos. Nos sentábamos con la espalda recostada en el abeto, sujetándolo en cuatro partes, como los puntos cardinales.

Glosario.
Tanti. Apelativo cariñoso que se usa a nivel coloquial en la lengua rumana para referirse a la tía, siendo el término más formal, mătușă.
"



El Poder de la Palabra
epdlp.com