Los Últimos (fragmento)Monika Helfer
Los Últimos (fragmento)

"Esa era su realidad. Con mucho gusto la habría liberado de su marido; imaginaba que ella sufría bajo su yugo, e imaginaba que él mismo era alguien capaz de demostrarle mucho cariño cuando llegara el momento, y no solo brevemente, durante una noche o dos, sino hasta que la muerte los separara. No tenía manchas rojas en la cara ni en el cuello. No vio ni una sola arruga, ni entre los ojos, ni en la frente, ni junto a la boca, ni desde las comisuras de los ojos hasta las sienes. Sus manos eran ásperas, pero solo por dentro. Por fuera se dirían áureas. Su marido solía estar ausente. Tenía negocios. Ni su ayudante ni la propia María sabían de qué tipo. En el pueblo se sospechaba que se trataba de negocios turbios y corruptos. Josef tenía fama de golpear sin el menor atisbo de duda. Pero eso solo tenía el efecto de tranquilizar a los hombres y autojustificarse por su cobardía. Ninguno de ellos había osado enfrentarse directamente a María. Precisamente porque Josef era alguien que se desenvolvía de forma súbita y brutal. Sin embargo, nadie lo había visto violentarse de tal modo todavía...
María sabía que había una guerra, pero no imaginaba que les afectaría alguna vez, que su eco se escucharía hasta en el valle más remoto, hasta las sombras bajo la montaña. Era un pensamiento del que aún no había sido plenamente consciente. No habría podido recordar con exactitud todo lo que ponía en la carta impresa, hasta el último detalle, pero sabía de forma inequívoca que Josef Moosbrugger tenía que ir a la guerra.
[...]
Lo intenté. Sé pintar un poco. Pero nunca quedé satisfecho. Los colores básicos de mi pasado lejano son casi todos de la gama del marrón. Ocre. Cálido como un establo, el color de los establos es marrón. El color de los rostros es indefinible. Existe todo el espectro del verde, pero está bastante oculto. El blanco y el negro son solo para Josef...Día y noche el caballo tiraba de la quitanieves por los caminos, y los ancianos, que ya no eran necesarios en la guerra, paleaban; las campanillas del arnés se oían día y noche; y una vez —todos estaban ya en la iglesia, salía vapor de sus bocas, salía vapor del incensario en las manos de Walter, se había convertido recientemente en monaguillo, llorando, rogando que le permitieran ser monaguillo, se había arrodillado ante María como el sacerdote había enseñado a los alumnos, todos en la iglesia estaban vestidos con sus mejores ropas, las mujeres y las niñas a la izquierda, los hombres y los niños a la derecha— cuando el moño en la nuca de María se soltó, se quitó el chal e intentó recogerse el pelo."



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