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La ventana indiscreta (fragmento) "Aquel día, cuando llegó la noche, tres de las persianas del apartamento del quinto piso, situado en ángulo recto con relación al mío, seguían alzadas, mientras que la cuarta había permanecido echada durante toda la jornada. No me di cuenta hasta entonces porque antes no les había prestado atención. Sin duda, miré hacia allí alguna vez, pero debía de estar pensando en otra cosa y me pasó por alto esta alteración del programa acostumbrado. Sólo me di cuenta cuando se encendió la luz en la habitación donde estaba situada la cocina. Esto me hizo pensar en otra cosa en la que tampoco había reparado hasta entonces: no había visto a la enferma en todo el día. En aquel instante, el marido, a quien no veía desde la mañana, hizo su aparición. Le observé, en efecto, mientras franqueaba la puerta del apartamento situada al otro extremo de la cocina, frente a la ventana, y, como llevaba puesto el sombrero, deduje que volvía de la calle. Por otra parte, me sorprendió que no se tomara el trabajo de descubrirse. Como si ya no tuviera necesidad de hacerlo por estar solo, se limitó a echárselo hacia atrás con la mano, pero de un modo que no indicaba que quisiera quitárselo, puesto que lo alzó verticalmente. Era, por tanto, un ademán que más bien indicaba laxitud o perplejidad. La mujer no salió a recibirlo. Por primera vez, la cadena de esta rutina diaria, de la que hablaba hace poco, acababa de romperse. La pobre enferma, tendida en su lecho de dolor, que envolvía las sombras del dormitorio, debía de sentirse incapaz de levantarse. Sin embargo, pude comprobar que el marido, en lugar de ir a su encuentro, se quedaba en la cocina, cuando tan sólo dos habitaciones lo separaban de aquella en la que su esposa reposaba; y fui pasando de la espera a la sorpresa y de la sorpresa al estupor más vivo. ¿Por qué no iba a su lado? ¿Por qué ni siquiera entreabría la puerta de su dormitorio para ver en qué estado se encontraba? [...] De súbito, en el momento preciso en que las vagas hipótesis que estuve concibiendo acerca de todo aquello iban a cristalizar de algún modo en mi ánimo y a convertirse, poco a poco, en una especie de sospecha, las persianas se alzaron y mis elucubraciones, todavía inconsistentes, se volatilizaron antes de tener tiempo de tomar cuerpo. Aquel hombre se encontraba entonces en la ventana del centro, la correspondiente a la sala de estar. Se había quitado la chaqueta y la camisa; no le cubría más que una camiseta de punto que dejaba los brazos al aire. Por lo visto, ocurría tal como yo imaginé: tampoco él podía soportarlo: el calor era excesivo. De momento, no vi muy bien lo que estaba haciendo. Parecía moverse perpendicularmente, de arriba abajo, siempre en el mismo lugar, ocultándose a mi vista al agacharse hacia delante y reapareciendo a intervalos irregulares al ponerse en pie de nuevo. De no ser por la falta de ritmo, hubiera creído que realizaba ejercicios gimnásticos. A veces, permanecía mucho rato doblado sobre sí mismo; otras, se alzaba bruscamente, y otras descendía hasta el suelo en dos o tres tiempos. De la ventana le separaba algo negro, abierto en forma de V. No tenía la menor idea de lo que podía ser, porque tan sólo una parte se destacaba por encima del marco de madera que limitaba mi campo visual. Seguro de no haberlo visto antes, no conseguía comprender de qué se trataba. De pronto, aquel hombre rodeó el objeto desconocido y, retrocediendo unos pasos, se agachó una vez más para levantarse después con una brazada de retales multicolores. Por lo menos, esa impresión daba desde lejos. Luego volvió a la V y los fue dejando caer en ella; tras lo cual se inclinó otra vez hacia delante y, permaneciendo largo tiempo en esta posición, se ocultó a mi vista. Los retales que iba metiendo en la V cambiaban de color a cada momento. Tengo una vista excelente y pude comprobar que primero eran blancos, luego rojos y después azules." epdlp.com |