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Tren a Samarcanda (fragmento) "Hubo que esperar al día siguiente para ver aparecer el segundo vagón. Lo trajeron desde Krásnaya Gorka, donde había pasado cuatro años estacionado en el patio trasero del depósito de locomotoras. Déyev no pudo evitar un estremecimiento al inspeccionarlo. No se trataba de un vagón cualquiera, sino de una capilla rodante. La resistencia que un coche de esa índole ofrecía a su transformación en cualquier cosa que sirviera a las necesidades de la realidad soviética explicaba que hubiera pasado tanto tiempo llenándose de polvo en una vía muerta. La cúpula de bronce que el tiempo había coloreado de verde podía ser retirada, sí, y lo mismo se podía hacer con el altar, fácilmente desmontable. Pero ¿dónde metías las ventanas en forma de arco con los bordes pintados de rojo? ¿Y qué hacías con el techo en forma de diadema? Déyev, no obstante, tampoco desdeñó aquel coche. Algo bueno le vio enseguida: su tamaño y, por ende, su capacidad. «¿Cuántas literas le meto aquí?», preguntó el mandamás del taller de carpintería, examinando con respeto la imponente altura del techo. «¡Que sean tres!», mandó Déyev. Es verdad que habrían cabido cuatro, pero pensó que a los niños les podría dar miedo encaramarse tan alto. El coche cocina llegó de Simbirsk dos días más tarde. Era una suerte de cajita maciza sobre ruedas, armada a toda prisa con tablones cepillados y reparada después, una y otra vez, con otros tablones que no habían conocido el cepillo. Además, se notaban enseguida remiendos adicionales de madera contrachapada y de un tragaluz brotaba una chimenea retorcida. Al entregárselo, comentaron que en las vías muertas de las afueras de Simbirsk quedaban muchos cacharros como aquél y que algunos de ellos le podrían venir muy bien a Déyev, pero él no se animó a emprender un viaje de inspección a aquellas alturas. Por último, un coche de pasajeros traído de Moscú y cinco vagones más fueron enganchados al convoy de Déyev, al que los trabajadores de las vías ya habían bautizado como La Guirnalda, debido a la variedad de colores y palos que lo integraban. Los vagones, todos ellos coches cama, que apestaban a humo de cigarrillos y estaban llenos de porquería, precisaban más una limpieza profunda que una simple mano de pintura. Pero a esas alturas Déyev tenía a los jefes de la estación hartos de tanto exigir (y todo reclamándolo con sus acuciantes «¡ahora mismo!», «¡inmediatamente!» y «¡en este mismo instante!»), de modo que le negaron las mozas de limpieza que pidió. Así que no le quedó más remedio que, sin ahorrarse antes un escupitajo, llenar dos baldes de agua y ponerse él mismo manos a la obra. Fue entonces cuando apareció ella. Armado de un trapo, Déyev estaba arrastrándose por el suelo mojado, afanándose en sacar un montón de cáscaras de pipas de debajo de un banco, cuando dos botas de puntera roma de las que utilizan en la infantería se plantaron de repente delante de su cara. Al levantar la vista se encontró con sendas pantorrillas delgadas que, en lugar de cubiertas con los típicos pantalones de uniforme de los soldados, estaban enfundadas en unas delicadas medias de lana." epdlp.com |