Martin Eden (fragmento)Jack London
Martin Eden (fragmento)

"Nunca había estado a tal altura en su vivir y se mantenía en segundo plano, escuchando, observando y disfrutando, contestando sólo con monosílabos, diciéndole a ella «Sí, señorita» y «No, señorita», y «Sí, señora» y «No, señora» a su madre. Contuvo el impulso, fruto de su trabajo en el mar, de decirles «Sí, señor» y «No, señor» a sus hermanos. Le parecía que eso resultaría inapropiado y sería como una confesión de inferioridad por su parte, lo cual no serviría si iba a conquistarla. Además, era un dictado de su orgullo. «¡Por Dios!», gritó para sus adentros en una ocasión; «¡Valgo tanto como ellos, y si ellos saben muchas cosas que yo desconozco, así yo también podría enseñarles unas cuantas!». Y al siguiente instante, cuando ella o su madre se dirigían a él llamándole «señor Eden», se olvidaba de su orgullo agresivo y resplandecía de deleite. Él era un hombre civilizado, eso es lo que era, hombro con hombro en una cena con gente sobre la que había leído en los libros. Y él también estaba en los libros, aventurándose a través de las páginas impresas de volúmenes encuadernados.
Pero mientras desmentía la descripción de Arthur y aparecía como un corderillo en vez de como un salvaje, se estrujaba el cerebro en busca de su línea de acción. Él no era ningún corderito y el papel de segundón nunca podría encajar con su naturaleza extremadamente dominante. Hablaba sólo cuando tenía que hacerlo y entonces, su discurso era como había sido su camino hasta la mesa, lleno de tirones y parones mientras tanteaba en su vocabulario políglota en busca de palabras, sopesando palabras que conocía y que encajaban, pero que temía no ser capaz de pronunciar, y rechazando otras que sabía que no comprenderían o que sonarían crudas y ásperas. Pero durante todo el tiempo se sintió oprimido por su conciencia de que el cuidado que ponía en su dicción lo estaba convirtiendo en un bobo, impidiendo que expresara lo que llevaba dentro. Y al mismo tiempo, su amor por la libertad se irritaba con esa restricción de forma muy parecida a la irritación que le producía aquel grillete almidonado que llevaba a modo de cuello. Además, sabía que no podría seguir con eso. Por naturaleza era de mente poderosa y sensible, y el espíritu creativo era inquieto y urgente. Rápidamente se apoderó de él un concepto o una sensación que luchaba entre dolores de parto por recibir expresión y forma, y luego se olvidó de sí mismo y de dónde estaba, y las viejas palabras, las herramientas de discurso que él conocía, se le escaparon."



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