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Tierra de empusas (fragmento) "Es mediados de septiembre, pero aquí, como el recién llegado constata sorprendido, el verano acabó hace ya tiempo y en el suelo se ven las primeras hojas caídas. Los últimos días debieron de ser lluviosos porque una ligera niebla impregna aún el paisaje casi por completo, haciendo una excepción solo con las oscuras líneas de los arroyos. Wojnicz nota en los pulmones la altura, que conviene a su cuerpo fatigado por la enfermedad. Permanece inmóvil en las escaleras de la estación mirando con desconfianza su calzado con finas suelas de cuero; tendrá que pensar en unas botas de invierno. En Leópolis florecían aún los asteres y las cinias y nadie pensaba ni remotamente en el otoño. Aquí, el horizonte es alto y hace que se acentúe más la oscuridad y los colores parezcan más chillones, casi vulgares. En ese momento a Wojnicz lo invade una sensación familiar de melancolía, habitual en las personas convencidas de su muerte inminente. Siente que el mundo alrededor es un decorado pintado en una pantalla de papel, que podría meter el dedo en ese paisaje monumental y hacer en él un agujero que condujera directamente a la nada. Y que esa nada se desbordaría desde allí como un río y finalmente lo alcanzaría también a él, lo agarraría del cuello. Wojnicz tiene que sacudir la cabeza para desprenderse de esa imagen. La imagen se fragmenta en minúsculas gotas y cae sobre las hojas. Por fortuna, en el camino traquetea en su dirección un vehículo deforme parecido a una calesa. Lo conduce un muchacho delgado y pecoso con una vestimenta extraña. Lleva puesta una especie de cazadora militar de procedencia difícil de determinar –porque no recuerda ni a un uniforme prusiano, cosa que en este lugar sería comprensible, ni a ningún otro– y también un gorro de cuartel, desenfadadamente ladeado. Sin mediar palabra, se detiene delante de Wojnicz y, balbuceando algo, coge su equipaje. [...] De inmediato, se ponen en marcha. Primero, a través de la ciudad, por el empedrado, después, por un camino tortuoso que los conduce por la creciente oscuridad entre escarpadas laderas montañosas cubiertas de bosque. Los acompaña el incesante murmullo de un arroyo cercano, y su olor que tanto inquieta a Wojnicz: un olor a monte bajo húmedo, a hojas medio podridas, a piedras siempre mojadas, a agua. Intenta hacerle una pregunta al cochero, algo que le permita establecer contacto, como, por ejemplo, cuánto van a tardar, cómo lo ha reconocido en la estación, cómo se llama, pero el otro no mira ni siquiera hacia atrás y guarda silencio. Un farol de gas colocado a la derecha del muchacho ilumina a medias su cara, que recuerda de perfil el hocico de un roedor de montaña, una marmota, y Wojnicz imagina que el cochero debe de ser sordo o descaradamente maleducado. Unos tres cuartos de hora más tarde, por fin emergen de las sombras del bosque y se adentran en un valle sorprendentemente llano, una inesperada meseta entre las boscosas montañas. El cielo se va apagando, pero aún se ve ese imponente horizonte alto que parece cortarle la respiración a cualquier persona llegada de las llanuras." epdlp.com |