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El asesinato de Sócrates (fragmento) "Por muy poco no atropelló a una anciana en un paso de cebra. La mujer alzó el puño a su paso, maldiciéndole. Un desfile matutino de madres llevando a sus hijos al colegio le detuvo en otro. Los chavales mascaban chicle, vencidos por el peso de grandes mochilas, y se daban collejas cuando no les veían. Pensó en Alicia y sintió un mordisco de dolor. Recordó lo mal que lo había pasado el primer año escolar. Durante cinco meses había vuelto a orinarse en la cama. Ramón y Cajal tenía ya un tráfico insoportable. Todo el mundo trataba de llegar al trabajo y las caras tras las ventanillas eran rostros grises y crispados. También él lanzó un pitido estridente al aire de la mañana, sumándose a la algarabía general. Ojalá pudiera abandonar esa condenada ciudad e irse a una casa en la montaña. Pero ahora el sueño estaba más lejos que nunca. Ahora estaba Roberto. Torció por la calle Bolivia. Esperaba encontrar menos coches, pero se equivocaba. Las luces de los semáforos parpadeaban nerviosas. Hombres y mujeres solitarios se arrastraban hasta las oficinas con las manos en los bolsillos. Encendió la radio para escuchar las noticias y oyó la voz del locutor de siempre leyendo los titulares. Era imposible que ya se hubiesen enterado, así que buscó un cd en la bandeja. La boca del reproductor engulló el disco brillante. Los gemidos de la trompeta de Miles Davis ahogaron el agrio ruido exterior. Elena lloraba sorbiéndose los mocos. Algunos caían sobre su camisa de florecitas moradas. Tenía las manos apretadas y daba patadas en el suelo. A ratos se revolvía el pelo, como una loca, y después se quedaba callada con la mirada perdida, como si lo hubiera olvidado todo." epdlp.com |