Corazones cicatrizados (fragmento)Max Blecher
Corazones cicatrizados (fragmento)

"A su alrededor, las paredes estaban cubiertas de grandes espejos enmarcados en bronce que reflejaban la misma habitación vacía de uno a otro, cada uno más descolorido y verdoso que el anterior, hasta que, a lo lejos, en los reflejos más lejanos, la habitación se había vuelto tan acuosa como la pecera de la sala de espera del médico.
Allí, a lo lejos, en medio del agua turbia y estancada, flotaba solitaria y pálida la cara hinchada, parecida a la de una carpa, de la cajera, mirando con lentitud desde su ojo redondo y gélido.
[...]
En toda la habitación no había ningún adorno. Sobre un armario, un enorme jarrón de cristal con piñas secas adornaba la habitación. Emanuel, tras agradecer el libro, se sorprendió al no ver una biblioteca ni un solo libro.
—¡Ah, no me gustan los libros!... Un libro no es nada, no es un objeto —dijo Isa—. Es algo muerto... que contiene seres vivos, algo parecido a un cadáver en descomposición en el que revolotean miles de escarabajos. Guardo todos los libros en la habitación contigua de mi niñera, en una caja debajo de la cama. Y añadió en un susurro, a modo de confesión:
—Me avergüenza haber conocido la vida solo a través de los libros...
[...]
Isa] poseía una sofisticación tan sutil en su forma de vestir y en sus gestos que podía confundirse con la más banal sencillez. Le intrigaban especialmente los rasgos singulares de su rostro, con sus pómulos muy prominentes, que le daban un aire vagamente mongol, y el flequillo corto, como el de las mujeres chinas (más tarde supo que había nacido en una colonia del sur de Asia y que su madre era mestiza). Su tez era pálida, pero para nada anémica; tenía el brillo opaco de una piedra amarillenta pulida durante mucho tiempo."



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