El eterno marido (fragmento)Fedor Dostoievski
El eterno marido (fragmento)

"Apenas se había echado el enfermo cuando se quedó dormido. Después de la sobreexcitación ficticia que le había mantenido en pie durante todo el día y que ya desde hacía algún tiempo le sostenía, sentíase débil como un niño. Pero el mal venció, dominando el sueño y la fatiga. No había pasado una hora cuando ya Veltchaninov se despertaba, incorporándose en el diván con ayes de dolor. La tempestad había cesado; el cuarto estaba lleno de humo de tabaco; la botella, vacía sobre la mesa, y Pavel Pavlovich durmiendo en el otro diván. Habíase acostado cuan largo era, sin quitarse el traje ni los zapatos siquiera. Los lentes se le habían resbalado del bolsillo y colgaban del cordoncito de seda, casi a ras del suelo. El sombrero había rodado por tierra, a poca distancia suya. Veltchaninov le miró con mal humor y no quiso despertarle. Levantándose, se puso a caminar por el cuarto, incapaz de seguir acostado, gimiendo y pensando en su enfermedad con angustia. Tenía miedo, y no sin motivo. Hacía largo tiempo que estaba sujeto a aquellas crisis, pero al principio sólo se producían con largos intervalos, al cabo de uno y hasta dos años. Sabía que tenían su origen en el hígado. Empezaban con un dolorcito en la cavidad del estómago o un poco más arriba; dolor sordo bastante leve, pero exasperante. Luego el dolor crecía, poco a poco, sin tregua, a veces durante diez horas, una tras otra, y acababa por adquirir tal violencia, por hacerse tan intolerable, que el enfermo creía morirse. Cuando la última crisis, un año antes, después de esta exacerbación progresiva del dolor, se había sentido tan aniquilado, que apenas podía mover la mano, a pesar de lo cual el médico sólo le permitió tomar durante todo el día un poco de té muy ligero y un pedacito de pan mojado en caldo. Las crisis sobrevenían producidas por motivos muy diversos, pero siempre después de conmociones nerviosas excesivas. Tampoco evolucionaban siempre de la misma manera. A veces, se conseguía cortarlas desde el principio, en la primera media hora, con la aplicación de simples compresas calientes. Otras veces, todos los remedios eran impotentes, y sólo se conseguía calmar el dolor, y eso a la larga, a fuerza de vomitivos. La última vez, por ejemplo, el médico había declarado más tarde que al principio creyó en un envenenamiento.
Todavía faltaba mucho para que amaneciese, y no quería mandar a buscar un médico a medianoche. Por otra parte, era poco amigo de médicos. Al fin, no pudo contenerse y gimió en voz alta. Sus quejidos despertaron a Pavel Pavlovich, que se incorporó en el diván espantado al ver a Veltchaninov correr como un loco por las habitaciones. El champaña que bebiera había producido de tal modo su efecto que aun tardó un buen rato en recobrar del todo su juicio.
[...]
Todavía le oyó el enfermo hacer con mucho tiento la cama, desnudarse, apagar la bujía, y acostarse a su vez, conteniendo el aliento, para no molestarle.
Veltchaninov debió dormirse, sin duda, en cuanto apagaron la luz. Más tarde lo recordaba perfectamente. Pero, en sueños, hasta el momento en que se despertó, le parecía que no dormía, ni conseguía dormirse a pesar de su extrema debilidad.
Soñó que deliraba, que no podía ahuyentar las imágenes que se agolpaban tercamente ante su espíritu, aunque teniendo plena conciencia de que sólo eran imágenes y no realidades. Reconocía toda la escena: su cuarto, lleno de gente, y la puerta, en la sombra, abierta de par en par. La muchedumbre invadía el cuarto, subía por la escalera en filas apretadas. En el centro de la habitación, junto a una mesa, había un hombre sentado exactamente lo mismo que en su sueño de hacía un mes. Lo mismo que entonces, el hombre continuaba sentado, de codos sobre la mesa, en silencio; pero esta vez llevaba un sombrero con una gasa negra. «¿Cómo? Entonces, ¿también era Pavel Pavlovich la otra vez?», pensó Veltchaninov; pero, al examinar el rostro del hombre taciturno, se convenció de que era otro. «Pero ¿por qué llevará una gasa negra?», caviló. La multitud se apretujaba en torno de la mesa, hablando y gritando. El tumulto era atroz. Aquella gente parecía más irritada contra Veltchaninov, más amenazadora, que en el sueño anterior. Tendían los puños hacia él, y gritaban a voz en cuello. Pero por más esfuerzos que hacía no llegaba a comprender qué gritaban ni que querían."



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