Las 8 vidas de una centenaria sin nombre (fragmento)Mirinae Lee
Las 8 vidas de una centenaria sin nombre (fragmento)

"Tras respirar hondo varias veces, la mayoría empezaba a relatar su vida con toda naturalidad. Ser consciente de que el tiempo que te queda en este mundo es limitado puede aportar un asombroso grado de sinceridad a tus palabras, al silenciarse todo ese ruido de fondo intrascendente que tanto nos complica la existencia. Pero a los que les costaba romper el hielo, les daba un consejo muy simple que no fallaba nunca: «Elija tres palabras (un nombre, un adjetivo, un verbo, lo que sea) que puedan definirle o describir su vida con precisión.» Tres es el número mágico que suele satisfacer a todo al mundo: una sola palabra parece demasiado restrictiva, mientras que dos pueden resultar ambivalentes, como si remitieran a una doble vida. Sin embargo, tres sugieren un equilibrio perfecto, como en un triunvirato, una trilogía o la trinidad. Todos nos sentimos cómodos con el número tres: ni mucho ni poco, sino todo lo contrario.
Al afrontar el final, la gente siente la necesidad de dejar su huella en este mundo, por pequeña que sea. Y escribir su necrológica confirma que sus vidas fueron importantes: para ellos y para aquellos por quienes gustosamente sacrificaron sus sueños. Para alguien joven, una necrológica es algo triste y solemne, pero las personas mayores entienden que significa, entre otras cosas, un privilegio. Los ancianos, acostumbrados a leer el periódico, saben que las necrológicas oficiales se reservan para comunicar la muerte de celebridades, y que incluso ellas deben luchar por hacerse un hueco en un espacio cada vez más reducido. En realidad, la mayoría tiene que contentarse con un par de líneas, mientras que unos pocos afortunados consiguen todo un párrafo. Una página entera es una quimera, por supuesto, a menos que se trate de un político de alto nivel, como un ex presidente, o un caudillo militar con influencia internacional. Sin embargo, en Golden Sunset todos los fallecidos merecen una página escrita de principio a fin. Ésa era la idea central de mi proyecto: ¿acaso no merecemos todos un obituario completo? Quería creer que cada muerte y cada vida, incluso las más turbias y marginales, guardan una historia importante que contar. Y ahí estaba yo, dispuesta a prestar mis oídos y mi pluma a los últimos susurros de una vida pasada.
El segundo día de las vacaciones del Año Nuevo lunar conocí a la señora Mook. Me había ofrecido voluntaria para trabajar porque no estaba preparada para enfrentarme a mi primera gran reunión familiar tras el divorcio. Ya sabía qué clase de preguntas me harían mis tíos y mis tías, y en especial mis primos, todos ellos aun felizmente casados y con hijos. No estaba lista para que los demás echasen más sal en la herida.
Una residencia de ancianos pública puede llegar a ser el lugar más solitario del planeta en un día de celebración nacional. Más de un tercio de los residentes de Golden Sunset no tenía familiares directos. Sólo unos pocos afortunados, los que aún gozaban de buena salud y tenían alguna relación con parientes que estaban pendientes de ellos, salían a pasar uno o dos días fuera, invitados por sus familiares. Cuando esos pocos suertudos abandonaban el centro, se adueñaba de las instalaciones un silencio desgarrador, capaz de sumir en un estado de tristeza catatónica incluso a los enfermos de demencia más activos y vivarachos.
Aquella tarde, en el solitario silencio de mi despacho, recibí una llamada del supervisor de la sección A, que alberga a la mitad de los residentes de Golden Sunset, los ancianos diagnosticados con alzhéimer. Normalmente yo no tenía mucho contacto con esa mitad del centro, porque sólo podían participar en la redacción de necrológicas quienes estuvieran en plena posesión de sus facultades mentales."



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