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Naufragios (fragmento) "Él no podía pronunciar palabra. Ella temblaba de miedo. Él no se percató de nada y solo sintió felicidad. Cuando él se fue, ella entró en la casa, regresó y no sabía qué le pasaba. ¿Acaso era cierto que su vida estaba a punto de dar un vuelco? Iba a irse muy lejos, lejos de todo lo que había vivido, lejos de Richard, hacia la vasta y enigmática infinidad... Una melancolía la invadió al recordar todo aquel pasado. Miró el reloj; aún no eran las dos. Se vistió y salió del café. Por suerte, la luna estaba oculta tras las nubes. Richard debía de estar en aquel bulevar de allí, con sus arbolitos raquíticos y deslucidos que proyectaban manchas aún más oscuras en la penumbra. Se deslizó sigilosamente por las fachadas de las casas hacia el muelle. No había visto a nadie. Al llegar a las ruinas del almacén incendiado, respiró con más libertad; allí estaba muy oscuro y nadie la reconocería. A la derecha se alzaban los barcos, aún más imponentes en la oscuridad, con sus mástiles altísimos, todo sumido en la quietud... Un hombre estaba en el puente. Dudó en avanzar. Él se acercó. Lo reconoció. Era el marinero. Se saludaron con un apretón de manos. Él llevaba una hora de pie, impaciente. Ella volvió a mirar hacia atrás varias veces, pero no vio a nadie. [...] Tuvo que tumbarse en una espaciosa habitación redonda, con nada más que una hilera de camas a lo largo de la pared, sobre la cual caía una luz brillante a través de grandes ventanales. El primer día permaneció inconsciente, sin fuerzas para percibir lo que sucedía a su alrededor. Allí yacía, boca arriba, con la cabeza de un amarillo pálido sobre la almohada blanca. A la mañana siguiente miró a su alrededor. A su izquierda yacía un hombre, delgado como un esqueleto, que sufría de constante falta de aire y lo miraba fijamente con la mirada perdida. Al otro lado, muy quieto, un niño con un rostro pálido como la muerte, que no emitía ni un suspiro ni un sonido, como si estuviera ebrio, aturdido por el sufrimiento. Más adentro de la sala, a veces oía risas y conversaciones en voz baja. También había un negro allí, y los pacientes de las camas de alrededor se complacían en hacerlo pronunciar las únicas palabras flamencas que conocía, como un loro. En una mesita junto a una cama, unos ancianos reumáticos jugaban a las cartas. De vez en cuando, venían visitas a algún familiar. Se oían murmullos y susurros junto a la cama del enfermo, y todas esas miradas cansadas se fijaban con avidez en los rostros de aquellos extraños sanos. Los enfermos los miraban con enojo, con resentimiento, como reprochándoles su precaria salud, o con burla porque aquellos visitantes parecían tan abatidos y torpes. A veces era una mujer." epdlp.com |