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El parisino (fragmento) "El tren de Montpellier llegó una hora después. La noche cubrió el campo, que le recordaba el de Palestina: colinas accidentadas similares, vegetación de secano. Se durmió con la cabeza en el ruidoso y vibrante cristal de la ventanilla y a la débil luz del amanecer recorrió esforzadamente otros dos capítulos de Los tres mosqueteros, mientras las colinas ondulaban el horizonte y la ventanilla recibía una fustigante llovizna. Acabada la comida, volvió a dormirse, y cuando el jefe de tren anunció «¡Montpellier!» eran ya las cinco menos cuarto: se levantó y siguió a los otros pasajeros hasta el andén, cansado y con ganas de lavarse. La fachada de la estación parecía un templo. Midhat cruzó las columnas tirando de su baúl y observó las figuras y vehículos que circulaban por el espacio cuadrado que tenía delante. Desconocía por completo el aspecto del docteur Molineu. En las cartas que había recibido de la universidad no figuraba ninguna descripción, lo que significaba que todo caballero que se acercaba era un candidato posible. ¿Sería aquel sujeto delgado de largos faldones que lo miraba con curiosidad? ¿O aquel anciano caballero que con aquellas gafas parecía en efecto un académico? Sin embargo, en el momento en que el auténtico anfitrión tendría que haberse dirigido a él, los candidatos seguían su camino. El hombre que estaba junto al despacho de billetes lo miraba con fijeza, de eso no cabía ninguna duda, pero quizá con intensidad excesiva, así que Midhat desvió la mirada. La multitud de la estación disminuyó y un farolero pasó con la escalera de mano entre los postes. Una bandada de monjas entró en el vestíbulo de un edificio al otro lado de la calle sacudiendo paraguas. La brasa de un cigarrillo se reflejó en un charco, desapareció y alguien se acercó por la derecha de Midhat. Tenía un bigote grande y rubio. Era demasiado joven para ser el docteur, saltaba a la vista, y cuando estuvo más cerca Midhat comprobó que no había amabilidad en su expresión y que sus ojos, cercados por pestañas rubias, no miraban la cara de Midhat, sino su fez. El hombre en cuestión llevaba un sombrero plano y con un pliegue en la copa, y cuando posó los ojos en Midhat se tocó el ala con el dedo. Midhat reconoció el respetuoso saludo francés, el gesto que imitaba a medias el acto de descubrirse y cuyo objeto era dar a entender al otro que no se llevaba nada escondido debajo del sombrero." epdlp.com |