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Una historia de teatro y resistencia (fragmento) "Apenas un punto en el océano. Mi cabeza era como un puntito que emergía en la inmensidad del océano, nadando desesperadamente para llegar a la costa, que, sin embargo, parecía alejarse más a cada brazada. La orilla la sentía como un deseo inalcanzable. Cuanto mayor era el esfuerzo que hacía por acercarme, la costa tan ansiada parecía disfrutar perversa y coquetamente alejándose cada vez más. Y ésa era la única playa conocida. Esa sensación de ahogo aún persiste, aún continúa atravesándome como una flecha cuyo dolor sólo desaparece al dormir y se reaviva al despertar, como la reencarnación femenina de Prometeo. Esta imagen es la que ha ido acompañándome a través de los años, es mi espina dorsal. Nuestro Río de la Plata Cuando mi hermano y yo éramos pequeños, mi madre solía llevarnos a la playa, a lo que se llamaba Punta Lara, que era la única playa asequible del Río de la Plata cercana a nuestra ciudad. Su arena oscura estaba sucia, llena de petróleo y barro, y el río dejaba en la orilla ramas podridas y restos de comida y despojos de los barcos, que desprendían un olor fétido y agrio. No era posible bañarse en aquellas aguas, aunque más de una vez presencié la desesperación y los gritos de auxilio de algún bañista desobediente que había sido atrapado por los remolinos. Nosotros no nos bañábamos, pero sí que pasábamos la tarde jugando en la orilla. Solíamos recoger los palos que encontrábamos, con los que hacíamos grandes surcos, imaginábamos que creábamos un cauce que llegaba hasta el bosquecillo que bordeaba la costa. Allí había un cartel que decía Peligro: serpientes venenosas, y estaba delimitado por vallas para que los desprevenidos no pudieran pasar. Nuestro desafío consistía en competir para ver quién conseguía el palo más largo, uno que pudiera traspasar la valla para que el agua penetrase en aquel bosque espinoso lleno de serpientes. Otras veces el campeonato estribaba en tirar piedras al bosque, todo para conseguir que alguna de ellas asomara. Nuestro sueño era salir victoriosos enarbolando una serpiente, ése era el gran triunfo. Sin embargo, nunca vimos una. Al parecer ellas nos tenían más miedo a nosotros que el que nosotros les teníamos a ellas... Ésta es la ventaja de la inocencia: que te diviertes sin criticar el entorno y reaccionas a las sensaciones que éste te provoca. La que se llevaba la peor parte era mi madre, porque le dábamos unos sustos de muerte con nuestros juegos." epdlp.com |