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Poniente solar (fragmento) "Madrid, plagado de garitos y de tabernas, era una ciudad de ociosos y de trasnochadores, en la cual bastaba un ligero barniz de señoría y un apellido de relumbrón para saltarse a la torera todas las leyes. Ser calavera y no pagar a los acreedores no sólo no estaba mal visto, sino que confería una especie de prestigio. Se vivía entonces en un ambiente de ignorancia y de falsa caballerosidad, en el que casi nadie estaba en su sitio. Ni el estadista era más que orador, ni el literato sabía nada, ni el joven de buena familia, que había venido a Madrid para estudiar, conocía los libros de texto más que por el forro. Se jugaba en todas partes, porque el español había hecho del vicio una colonia de la caridad, que le permitía sostener los asilos con lo que se recaudaba, por contribución, de los círculos. Y todos estábamos contentos, porque el español, teniendo un sitio donde opinar a gritos sobre lo que no entiende, una mesa de juego donde tentar a la suerte y una ventana para asomarse a la calle y ver pasar mujeres, se considera en la antesala del cielo. Levantarse tarde, vestirse con todo el esmero posible, comprar un periódico, con preferencia de estampas para ahorrarse la comunicación con el pensamiento impreso, que podría causarnos un desgaste cerebral y acaso una enfermedad; entrar en la tienda del limpiabotas, porque el español se preocupa más de sus extremidades inferiores que de lo que tiene sobre los hombros; y luego, provistos de tabaco en abundancia, encaminarnos a nuestros quehaceres, sin prisa, naturalmente, pues hay más días que longanizas. En el trabajo no se llega nunca a la fatiga, [ni] en las oficinas, ni en los talleres, ni en los andamios." epdlp.com |