La abuela (fragmento)Bozena Nemcová
La abuela (fragmento)

"¡Cuántas veces, en mis pensamientos, he vuelto a aquellos tiempos! ¡Cuántas veces he visto ante mí su figura entrañable! Llevaba un fustán de hiladillo blanco con florecitas azules, un delantal corto de muselina blanca con pliegues, un corpiño ajustado de terciopelo negro con faldones cortos y un pañuelo de finísima seda blanca atado con arte al cuello, cuyos extremos pendían sobre el pecho. En la cabeza llevaba un gorro de encaje blanco almidonado, con un gran lazo negro bajo la barbilla. Su rostro estaba surcado de arrugas, pero sus ojos azules brillaban llenos de bondad y sensatez, y toda su persona irradiaba una paz y una dignidad que atraían a grandes y pequeños.
[...]
Alrededor del blanqueadero todo estaba triste y silencioso. El follaje del bosque se hacía cada vez menos espeso; cuando Victorka bajaba por la colina, podía divisársela desde lejos. La colina se volvía amarilla, y el viento y los arroyos se llevaban montones de hojas secas, sin que nadie supiera adónde. Las riquezas del huerto estaban guardadas en la despensa, y en el jardín solo se veían ásteres, caléndulas y maravillas francesas; las luciérnagas jugaban cerca de la presa, entre el azafrán de los prados.
Cuando los niños salían a pasear, los muchachos llevaban sus cometas para hacerlas volar en lo alto de la colina. Adelka los seguía, atrapando con una ramita los finos hilos de telaraña que flotaban en la brisa. Barunka recogía para la Abuela bayas de viburno y espino albar, que ella utilizaba en sus medicinas, y escaramujos para usos culinarios; o recogía bayas de serbal para hacer pulseras y collares para Adelka.
A la Abuela le encantaba sentarse con los niños en lo alto de la colina, detrás del castillo. Ante ellos se extendía un hermoso valle donde pastaba un rebaño de ganado; alcanzaban a ver incluso el pueblo, y a sus pies estaba el castillo, construido sobre una pequeña elevación y rodeado de un parque. Ahora todo había cambiado. Las cortinas verdes estaban corridas, no se veía ninguna flor en el balcón y las rosas de los lados de la balaustrada se habían marchitado; en lugar de criados con librea, se veía a simples jornaleros en el jardín, cubriendo las plantas con ramas de árboles de hoja perenne. No se veía ninguna flor hermosa, pero sus brotes permanecían ocultos bajo aquella protección y, llegado el momento, deleitarían los ojos de su señora."



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