Pantalones azules (fragmento)Petras Tarulis
Pantalones azules (fragmento)

"Nadie se dio cuenta de cómo un pequeño chino se encaramó al vapor. Era silencioso y delgado. Su rostro, viejo y asustado, parecía como si hubiera recibido muchos golpes. El chino se sentía, al parecer, muy a gusto, como en el mercado de su patria: miraba a su alrededor sin ningún sentido y, con unos gritos que solo él comprendía, expresaba quién sabe qué: si una agradable satisfacción o un espantoso miedo. Parecía que no entendía nada de lo que estaba ocurriendo allí.
Pero en el momento en que todos empezaron a guardar silencio y fijaron la mirada en aquel extraño espectáculo —el barco que se hundía cada vez más—, el chino se estremeció de pronto con todo el cuerpo. Después, como si estuviera haciendo una graciosa pirueta de circo, saltó hacia arriba y lanzó un gemido. Al principio se agitó, se retorció en el sitio y chilló como un perrito. Luego miró rápidamente a su alrededor, alerta, como un mono, y, agarrando una pequeña linterna verdosa que el viento hacía oscilar, echó a correr con pasitos menudos. Su coleta negra recordaba la inquieta cola de una rata.
El chino se abrió paso entre la gente y, con manos firmes, aunque temblorosas, se aferró a la escalera de cuerdas azotada por el viento. Uno lo agarraba, otro lo agarraba, querían detenerlo y devolverlo atrás, pero él se escabullía ágilmente de todos. Con una furia incomprensible para los demás, se arrancaba de las manos de quienes le cerraban el paso, arañaba y chillaba; incluso llegó a morderle un dedo a uno de ellos. Finalmente, como una pequeña manzana silvestre que ya no le sirve a nadie, rodó hacia abajo, al barco que se estaba hundiendo.
Y el barco se hundía cada vez más y más. Las olas ya campaban allí a sus anchas. El terrible remolino estaba ya cerca.
[...]
Y aparte está de pie un marinero silencioso. Toda su vida ha transcurrido en el mar. Hace mucho que se acostumbró a no asombrarse por nada. Él mismo se ha hundido muchas veces y ha visto hundirse a decenas de compañeros. Sin embargo, ahora su rostro, enjuto, amarillento y arrugado como una hoja de arce en otoño, se volvió de algún modo más triste. Bajo las cejas canosas, sus pequeños ojos, que habían visto el mundo entero, parpadearon un par de veces sin motivo.
Tiene las piernas arqueadas y separadas, pero permanece asombrosamente firme. Está de pie y calla; en su rostro aparece tímidamente una sonrisa casi imperceptible, una visitante poco frecuente en aquel semblante.
Durante un instante, el viejo marinero olvida las olas aterradoras, el barco zarandeado violentamente —del que él mismo se tambalea—, olvida el viento que los toca a todos con el frío de las piernas de un muerto. Sus ojos, acostumbrados a mirar a lo lejos, se llenan de innumerables arrugas y, siguiendo el curso de su pensamiento lejano, sin saber él mismo por qué, repite como un eco las palabras que acaba de oír:
—... —p-antalones a-azules.
Y no se sabe por qué sendero ni hacia qué lugar se desvió su pensamiento lento y entumecido.
En el inmenso cuerpo del mar desapareció en un instante el último rastro del velero.
El mar había terminado su pequeño episodio, quizá digno apenas de una línea en la crónica de un periódico."



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