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El secreto de la salamandra dorada (fragmento) "La lluvia cae fina, pero constante, inmisericorde. No ha cesado en todo el día, como si el cielo, vestido de luto, también quisiera ser partícipe con su llanto de la tristeza que acompaña a los asistentes al entierro. El camposanto no consigue evacuar el agua y las escorrentías se precipitan sobre las lápidas, haciendo caminitos en la hierba, ladera abajo, hasta toparse con los nichos. En el diminuto cementerio, aledaño a la parroquia, solo cuatro personas atienden a las palabras del cura, que en un parsimonioso gallego habla de la vida eterna que a todos nos aguarda junto al Creador. Bajo el granítico arco de la entrada, un hombre viejo con abrigo negro hasta las rodillas y sombrero de antiguo conductor de autobús permanece cabizbajo con las manos en los bolsillos. Clara cree reconocerlo, aunque la miopía le devuelve unos contornos difusos. Unos pasos por delante, dos monjas ancianas se cobijan bajo un único paraguas. Y, luego, a unos metros del párroco, ella no consigue dejar de tiritar por un frío que le atraviesa los huesos, en un mes de marzo oscuro que ha traído más melancolía todavía a su vida. La premura de la noticia de la muerte de su madre hizo que se desplazara casi con lo puesto. No sopesó el pronunciado cambio climático desde la isla, a tres mil kilómetros al sur. La chaqueta vaquera y el fular no suponen suficiente abrigo, y las zapatillas deportivas no detienen el agua que encharca sus pies. El paraguas que la resguarda del orvallo es de una de las religiosas. Está deseando que concluya el trámite. No se encuentra fuerte. Tiene ganas de llorar otra vez, aunque no sabe bien el motivo. Esta mañana volvió a vomitar y la noche no le alcanzó para reponerse del largo viaje. Desde que le comunicaron la noticia, cogió un vuelo de La Palma a Tenerife, otro a Madrid, y otro más de la capital a Coruña; de ahí, una hora en autobús hasta Ferrol y luego se había dejado una pasta en taxi hasta Burela, frente al Cantábrico. El sacerdote concluye su monición y, con la urna entre sus manos, canta un breve salmo. Luego, se gira, dando la espalda a los demás, coge el paraguas que hasta ese momento le ha estado abrigando y, a partir de entonces, se hace el silencio, mientras todos observan el trabajo diligente del encofrador, que deposita el arca y sella el nicho con la lápida, que reza sencillamente Piedad Domínguez Díaz, 1902-2001. No hay coronas ni flores. Solo lluvia fina. Clara quiere irse cuanto antes, necesita abandonar ese lugar, y no solo por el malestar físico, sino por la congoja que se le adhiere al pecho cuando el pasado se empeña en acudir a ella. Y su madre, viva o muerta, representa una vida, una época, de la que escapó hace tiempo y cuyo recuerdo la incomoda. Pero el ritual de las exequias aún no acaba. Ahora comienza la santa misa, la lectura de la Palabra de Dios y la homilía. Ella lo sabe a la perfección, conoce bien el ceremonial. Se resigna y entra en la ermita. Descansa en la primera bancada de madera. El templo, de piedra gris, aun con su frialdad le supone un consuelo." epdlp.com |