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Expatriados (fragmento) "Cuando un frente de aire frío se encuentra en la tierra con una masa de aire caliente, esta última sube al cielo. Nacen las tormentas. Lluvia y rayos, agua y fuego. Nunca comprendí quién de los dos era el calor y quién el frío, pero tuve la suerte de encontrar mi frente opuesto en Claudia Fanelli, la expatriada, como aquí llaman a los inciertos, los irregulares, los inclasificables, a veces a los cafres o a los huérfanos, pero también a los célibes, núbiles, nómadas y vagabundos, o tal vez, como en el caso que nos ocupa, a las personas liberadas. Me fijé por primera vez en ella en el patio de la escuela y deseé su melena pelirroja, su piel lunar, su nariz pronunciada. Tenía el aspecto de haber llegado allí desde otro mundo, más desarrollado e iluminado. Me llamo Francesco Veleno, soy el hijo único de Elisa Fortuna y de Vincenzo Veleno, dos exatletas aficionados que se enamoraron durante un episodio de Juegos sin fronteras y que a lo largo de mi niñez me criaron con la idea de que podía redimirlos del misterioso accidente de haberme engendrado. Aún estaba lejos de saber que muchas relaciones se mantienen por «razones de Estado», como habría dicho Claudia. Y también comprendí gracias a ella que no existen razones de Estado tan poderosas como para obligar a tres personas tan distintas a vivir juntas, salvo que estén purgando una pena. El tribunal que había condenado a Elisa y Vincenzo a seguir juntos pese a su evidente desamor responde a la cruel ley de la vida serena, estricto código humano que en los sitios pequeños impone rigor y absoluta severidad. Antes de Claudia, la realidad era lo que me contaban y no lo que veía. Era de esa clase de personas que se dejan arrastrar por los demás, por los acontecimientos, las obligaciones, los prejuicios. Los cónyuges Veleno me empujaban hacia una vida sin sobresaltos, tranquila, el mínimo necesario para no sufrir. En el fondo, a ellos les había ido bien así." epdlp.com |