Vidéki emberek (fragmento)István Petelei
Vidéki emberek (fragmento)

"Durante el verano, una multitud incontable de gente se reunió para la fiesta patronal de Tarvásár. Hacía un tiempo cálido y luminoso. El pueblo bullía de forasteros. Para aquel gran día, la ciudad entera se había trasladado allí. La plaza de la iglesia estaba sembrada de cocinas ambulantes y puestos de vendedores. En la ladera de la montaña, el amplio patio cubierto de hierba de la antigua, ruinosa y abandonada mansión de los Tar estaba ocupado por los carros. Delante de la iglesia había un gran estruendo: bullicio, campanas y música.
Por la mañana, los campesinos sículos llegaban cantando desde la «Tierra Santa»; delante iban las muchachas con flores en la cabeza; detrás, las ancianas que desgranaban las cuentas del rosario; y al final caminaban los campesinos, con las mangas de la camisa arremangadas. Los artesanos de la ciudad —los fabricantes de botones, de bigotes canosos y cabellos retorcidos; los carniceros, gordos y de rostro colorado; los zapateros, con las botas gastadas por el trabajo— habían llevado consigo a todas sus familias. La fiesta patronal era un día de gran jolgorio. La mañana pertenecía a Dios; la tarde, a la diversión.
Corría el rumor de que el padre Ferencz, el gran fraile, iba a predicar en la fiesta. Muchos habían acudido por él. Los artesanos lo recordaban bien: aquel hombre poderoso, hermoso y joven, de pecho ancho, hombros fuertes y voz profunda y sonora, que durante la revolución había hablado en la plaza, desde el balcón de los músicos, de tal manera que quien lo escuchaba se embriagaba de entusiasmo. Llevaba una gorra de soldado húngaro sobre el hábito, una escarapela en el pecho y una llama en la lengua; y cuando hablaba, los talleres de la ciudad quedaban vacíos: los ancianos, los aprendices y todos los que poseían, aunque fuera una espada iban tras él.
¡Ay, qué tiempos aquellos!
El fraile había sido un pobre muchacho campesino. Había nacido allí mismo, en Tarvásár, encima de la iglesia, en una pequeña casita cubierta de paja, y, sin embargo, orgullosos grandes señores y delicadas damas cubiertas de oro acudían tras él, como en otro tiempo los tres Reyes Magos siguieron la estrella hasta Belén.
Los dos habían abandonado Tarvásár al comienzo mismo de aquellos grandes acontecimientos: el fraile y la señorita Tar, la bellísima Katicza. El fraile había atravesado a pie los pueblos, pronunciando discursos y levantando tempestades; la hermosa Katicza viajaba en un carruaje escoltado por un postillón. Ya entraron juntos en la ciudad, tomados de la mano, delante de una multitud que gritaba y cantaba.
Y allí se los veía durante todo el día, recorriendo la ciudad. Llevaban banderas por las calles, blandían sables; las jóvenes esposas marchaban cantando y los muchachos lanzaban entusiastas vítores.
A veces llegaban malas noticias del campo de batalla; las viudas lloraban, y las madres que habían perdido a sus hijos, con las manos alzadas y palabras desesperadas en los labios. Entonces Katicza, con el rostro hundido en su delantal de fina tela blanca, lloraba también. Otras veces las noticias hablaban de victorias: Katicza, arrebatada de alegría, vitoreaba y cantaba, y arrojaba su fortuna heredada para reanimar a aquellos hijos suyos agotados.
De vez en cuando, el fraile aparecía también en la ciudad, con el rostro quemado por el sol y ennegrecido por el humo. Allí, en plena plaza, la orgullosa hija de la nobleza abrazaba al desaliñado fraile y le decía:
—Eres hermoso, has sido enviado por Dios y yo te amo."



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