Palaxmon (fragmento)Qamchibek Kenja
Palaxmon (fragmento)

"Desde la muerte de su padre, Fazilat lo añoraba con el corazón encogido y pasaba muchas noches en vela y muchos días llorando. A pesar de tener a su madre a su lado, se sentía sola e indefensa, como si viviera temporalmente entre extraños, suspendida en el aire, sin pertenecer a ningún lugar...
Su madre también enfermaba con frecuencia. A los ojos de Fazilat... Solo de pensarlo, a veces se apoderaba de ella el miedo. ¿Adónde iría, qué haría, si llegara a ocurrir alguna desgracia?... Todavía no quería creer que se hubiera separado de su padre para siempre, y hasta ella misma se sorprendía de cómo su pequeño corazón había conseguido soportar hasta entonces un golpe tan duro del destino.
Según ella, su querido padre no debería haber muerto tan pronto, tan prematuramente. Él había repetido una y otra vez que algún día regresarían sin falta a la patria. Aquellas palabras habían quedado profundamente grabadas en las capas más hondas del corazón y la conciencia tanto de la señora Sharifa como de Fazilat.
A la muchacha le parecía que su padre iba a resucitar algún día y que, tal como había dicho, las llevaría consigo para mudarse a Uzbekistán. Aquella ilusión parecía iluminar tenuemente, como una vela, algún rincón del corazón de la muchacha.
El dolor de la madre no era menor que el de su hija; si acaso, era incluso mayor.
Sharifa-jan había perdido prematuramente a sus seres queridos, a las personas más cercanas a su corazón, y había sufrido en abundancia las penalidades y desdichas de vivir en tierra extranjera, como una refugiada acogida por otros. No tenía a nadie, aparte de Fazilat, con quien pudiera hablar con franqueza, abrirle su corazón y compartir sus penas y aflicciones.
Por lo que percibía la muchacha, su madre la protegía con ternura y hacía como si estuviera de buen ánimo, como si no le pasara nada.
En la ciudad había algunas familias procedentes de Afganistán y de Pakistán cuyos antepasados eran originarios de Uzbekistán, aunque eran pocas. Pero Fazilat y su madre no mantenían trato ni relación con ellas.
Por aquellos años, los uzbekos que habían llegado a Estambul y se habían establecido allí apenas unos pocos años antes —compatriotas heridos por el destino y despojados de su patria— no mantenían entre sí relaciones especialmente estrechas ni armoniosas.
Además, como el padre de Fazilat se encontraba a menudo en ciudades y países lejanos por asuntos de comercio y negocios, solo se reunía de vez en cuando y por breves momentos con sus compatriotas, y tampoco podía participar en sus encuentros y reuniones.
Por otra parte, cuando dos o tres de aquellos compatriotas emigrados y unidos por la misma desgracia lograban reunirse en un mismo lugar, enseguida empezaban a hablar de la situación internacional, fijaban sus ojos esperanzados en América y Alemania y esperaban de allí la salvación. Su nivel de instrucción era, en realidad, bastante modesto, pero, si se les daba rienda suelta, cada uno se comportaba como si tuviera la capacidad de poner el mundo patas arriba y de enderezar y ajustar a un mismo ritmo la rueda del firmamento, que supuestamente giraba de manera irregular.
Todo aquello ponía de los nervios a Ismoil-aka, un hombre que se mantenía a cuarenta gaz de distancia de la política y de los acontecimientos y asuntos de los círculos gubernamentales.
No soportaba escuchar a aquellos charlatanes apátridas y errantes que se comportaban como si pudieran resolver, sentados en el mismo sitio, cualquier problema político o social, por complicado que fuera; que se dedicaban a ensalzar a unos, a poner ladrillos sobre la tumba de otros y a discutir a voz en cuello, como si los gobernantes extranjeros, que no concedían ni la menor importancia —ni siquiera la de una mosca volando— a los millones de refugiados, fueran a gobernar el mundo basándose en sus opiniones y reflexiones, convirtiéndolo así en un jardín de flores y la tierra en un paraíso."



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