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La espada rota (fragmento) "Tras engañar y despistar al destacamento del barón Wittgenstein que lo perseguía, Abdylá-bek y otros treinta hombres aproximadamente se ocultaron en las montañas de Sarkol y emprendieron el camino hacia Afganistán. Adondequiera que dirigieras la mirada, solo se veía una llanura desnuda y abrasada por el sol, al pie de las montañas. Era una tierra extraña y desconocida que, con su mismo aspecto severo, parecía advertir a los recién llegados de algún peligro; daba la impresión de que en sus profundidades se escondía el mal. Allí, adelante, en el fondo mismo de un cauce que se estaba secando, un río poco profundo arrastraba lentamente sus aguas turbias. Abdylá-bek subió a una colina alta y, tirando de las riendas de su cansado caballo alazán, se detuvo. Protegiéndose los ojos con la mano, contempló los alrededores. A orillas del río se divisaban escasos matorrales de tamarisco, marchitos y amarillentos; en algunos lugares, junto al agua, la hierba todavía conservaba su verdor. Allí, en la colina, los saltamontes chirriaban sin cesar; de vez en cuando salían disparados de la maleza, haciendo crujir sus alas. El alma de Abdylá-bek estaba sumida en una vaga y profunda tristeza. Recordó la verde Ferganá… ¡Ah, Ferganá, Ferganá!, alfombra de seda de una belleza jamás vista… En otoño, el aire se impregna allí del aroma del pan recién hecho y de los melones. Abdylá-bek suspiró pesadamente y bajó la cabeza para que los jinetes no vieran su rostro ensombrecido. Luego volvió su caballo hacia la orilla." epdlp.com |