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Los campos del honor (fragmento) "Todas las muchachas de Random que pasaron por su clase aprendieron de memoria la canción infantil, quizá se la recitaron a sus hijos —y ahora a sus nietos—, pero ignorando quién era su autor, atribuyéndola sin duda a esa tierra de nadie de la creación popular donde el refrán sobre el tiempo convive con una canción de rayuela, una sentencia proverbial con «San Antonio de Padua, viejo tunante, devuélvenos lo que no es tuyo». Nuestra tía, que se ponía colorada como una comulgante ante los cumplidos, sin duda pensaba que la humildad, virtud cardinal, no podía conciliarse con los laureles de una gloria literaria, aunque fuera local. Quizá también temiera resquebrajar el dogma. El trato con las monjas había terminado por convencerla de que el pecado comenzaba en los límites de la satisfacción de uno mismo. Del mismo modo que había renunciado a sus amores, a la maternidad y a la mayoría de los placeres terrenales, reprimía cuidadosamente esa parte de sí misma de la que brotaba el canto. Su cuaderno de oraciones contiene, por cierto, varias versiones de su san Cristóbal. En una de ellas es barquero del Loira en Le Pèlerin, donde, en efecto, hay un transbordador. Pero el gran río no se cruza con tanta facilidad como el mar Rojo y la pequeña tía se lo piensa mejor: al buen gigante le harían falta unos zancos de veinte metros para no hundirse en los fondos arenosos. Así que convierte a Cristóbal en el patrón de los estibadores (discreta anexión regional para quien sepa entender) y retoma la vieja leyenda. Aquel pequeño Jesús encaramado a los hombros del coloso no parecía atentar contra su ortodoxia. Cada vez que papá estrenaba coche, se aseguraba de que fijara en el salpicadero la insignia de bronce con la efigie del buen gigante, que hasta entonces le había dado tan buen resultado. En efecto, cientos de miles de kilómetros sin el menor percance. La circulación todavía no era lo que es, pero las carreteras tampoco. San Cristóbal es un valor seguro." epdlp.com |