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Movimiento perpetuo (fragmento) "Y así había transcurrido el día, con la certeza cada vez mayor de que un elefante no podía haber muerto allí, bajo sus tierras. Los huesos que había encontrado eran demasiado antiguos, demasiado porosos; habría podido aplastar entre las manos las vértebras más pequeñas. Fuera cual fuese la bestia, llevaba allí mucho tiempo, desde mucho antes de aquel día, seis años atrás, en que Joshua Willow, el mestizo, se había detenido y había dicho: «Empieza aquí y llega hasta el arroyo». Robert Fraser no olvidaría jamás aquel momento. Apenas tenía veinticuatro años cuando se plantó por primera vez sobre sus tierras, y estas no se distinguían en nada de cuanto había visto a lo largo del camino. La monotonía del monte era abrumadora; no se limitaba a disminuirlo, sino que amenazaba con absorberlo, con transformarlo en una cosa, en un objeto como los pájaros. Había salido de Mad River con Joshua poco después del amanecer y durante cinco horas habían caminado en el silencio de un corazón que late sin movimiento ni sonido: cada árbol y cada maraña de maleza se parecía a la siguiente, cada recodo del sendero repetía interminablemente lo que acababa de ver; era como si una tela oscura le estuviera siendo arrastrada sobre los ojos. La vegetación se enganchaba en su ropa, le rozaba las manos y el rostro como si quisiera retenerlo, envolverlo con sus zarcillos y echar raíces. Mientras el aire se movía, bajo la luz del sol, entre las copas de los árboles, el suelo del bosque permanecía húmedo e inmóvil. De rostro ancho y plano, silencioso, casi reprobador, Joshua Willow había observado a Fraser quedarse allí, consternado, apenas capaz de oír el agua que no podía ver; y en algún lugar hacia el noroeste, a menos de cien pasos de ellos, aquella intrincada y maravillosa jaula de huesos yacía ya entonces justo bajo la superficie de un pequeño claro del bosque. Con el batir precipitado de unas alas, la oscuridad se espesó en el bosque a sus espaldas. El viento amainó, dejando la tierra extrañamente inmóvil. El ruido de su respiración, el cansancio del cuerpo encerrado en sus ropas, el repentino chirrido de la pala contra otro hueso inmenso —sonidos que ahora le eran familiares— retumbaban en sus oídos como la sangre. Muy por encima de él, desgarradas y andrajosas, las nubes corrían hacia el norte mientras él volvía a caer de rodillas sobre la tierra mojada. Apartando cuidadosamente la tierra con las manos y con la navaja del cinturón, siguiendo la dura curva descendente del hueso, encontró una cresta que debía de ser la frente y, después, la primera de dos cuencas abiertas y enormes; ambas, y en realidad todo el cráneo, estaban atascadas de tierra. Tras excavar el interior, lo sacó rodando del hoyo poco profundo y lo colocó, no sin esfuerzo, entre el laberinto de huesos ya desenterrados y reconstruidos, extendido sobre la maraña de la vegetación del año anterior." epdlp.com |