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  Annemarie Schwarzenbach

   (Suiza, 1908-1942)
Schwarzenbach
  Fotógrafa y escritora de viajes suiza nacida en Zúrich. Habrá otros viajeros más indómitos, audaces, perspicaces o comprometidos, pero ninguno más triste que Annemarie Schwarzenbach. La desdicha que emana de sus escritos, como los del conmovedor Muerte en Persia, consagrado "a la vida errante y a la ausencia de esperanza", sólo es comparable a la melancolía que destila en las fotos su "bello rostro de ángel inconsolable", como lo describió el poeta Roger Martin du Gard, uno de sus admiradores. También lo fue la escritora Carson McCullers, que se enamoró obsesivamente de ella y le dedicó su novela Reflejos en un ojo dorado. Thomas Mann, que la conoció bien como amiga de sus hijos, la definió a su vez como un "ángel devastado". Retoño inconformista de una familia de ricos industriales textiles de Zúrich, morfinómana, íntima de los malditos Klaus y Erika Mann, suicida en potencia (murió, sin embargo, a resultas de una caída en bicicleta), reportera, arqueóloga, escritora de atormentada exigencia, lesbiana devenida hoy icono gay, sucumbió al lado oscuro de la vida en un naufragio existencial doloroso pero que nos ha dejado el regalo de páginas bellísimas. En Muerte en Persia, la autora plasma de manera fragmentaria y dispersa, mezclando la crónica de viajes, el diario personal, la autobiografía y la ficción, varias de sus estancias en Irán en los años treinta. La vieja Persia era para la viajera suiza el lugar propicio en el que enmarcar su angustia, sus miedos y obsesiones. La "horrible tristeza de Persia", su belleza letal, es uno de los temas del libro, del que emanan imágenes imborrables como la de las dunas convertidas en olas muertas, la caravana funeraria con los camellos cargados de féretros o las miríadas de langostas extendidas sobre el polvo cual espigas resecas y que producen, al marchar sobre ellas, un crepitar siniestro. Como si el Irán entero existiera únicamente para sumir a la escritora en la fructífera y desoladora "depresión persa", como ella misma denominó al mórbido estado en que, en 1936, realizó la redacción definitiva del libro. Los diferentes episodios del mismo evocan retazos de la biografía de Annemarie: su desgraciada relación amorosa con una muchacha de Teherán -la hija del embajador turco-, su pasajero matrimonio de conveniencia (como lo fue el de su amiga Erika Mann con Auden) con un diplomático francés a fin de disimular sus "escandalosos" romances con otras mujeres, las excavaciones en Rhages, la torturada necesidad de comprometerse en la lucha contra el nazismo, las febriles y llorosas excursiones al "valle afortunado" (el valle de Lahr), buscando la pureza y el olvido en las aguas gélidas de los torrentes; las pipas de hachís y el vodka de las tan durrellianas veladas con los colegas arqueólogos. Muerte en Persia es la alucinada descripción que hace la autora del encuentro con su ángel, una figura que surge a la vez de las profundidades de la psique de Annemarie (algo sobre lo que hubiera tenido mucho que decir su paisano Carl Gustav Jung -al que la escritora Ella Maillart, su gran amiga, por cierto, conoció bien-) y de la memoria ancestral del país. La imagen de la bella viajera solitaria forcejeando con su ángel desnudo, que tiene sus mismas facciones, bajo la pirámide nevada del monte Demavend, resulta una sobrecogedora metáfora de la vida y la pasión de Annemarie Schwarzenbach. Una existencia que ella misma resumió en un grito desgarrador: "¡Dejadme sufrir!".  © Jacinto Antón

Textos:


Muerte en Persia (fragmento)
Todos los caminos están abiertos (fragmento)
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