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El Poder de la Palabra es un portal dedicado a la cultura. Comenzó su andadura en 1998 mostrando diferentes autores literarios. El sitio web fue creciendo y se amplió con lo mejor de otras áreas de la cultura, arte, arquitectura, cinematografía y música.
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Música de la semana
Aaron Jay Kernis
(EEUU, 1960)
En memoria de los perdidos en Newtown, Connecticut (2000)

Banda sonora de la semana
Ático sin ascensor, 2014
(David Newman)
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Compositor de la semana
Eric Neveux
(Francia, 1972)
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Escenas inolvidables de la historia del cine
Cosmópolis, 2012
(David Cronenberg)
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Texto de la semana
Péter Esterházy
(Hungría, 1950-2016)
Sin arte (fragmento)
" Cerré los ojos, volví a cerrarlos. Me sentía agotado por la operación, harto de que me cortaran la carne, de que me trincharan—vida y milagros de un pollo trinchado—, de que me trocearan; mejor dicho, mi cuerpo estaba agotado. Tenía la sensación de que cualquier mal gesto enseguida me provocaría un calambre en la pierna, sospechaba sobre todo de mi pantorrilla izquierda, como si fuera mi punto débil, el dique enclenque que dejaría irrumpir el violento oleaje del dolor, aunque, a decir verdad, la pantorrilla sólo asumía tal papel estelar a raíz de mis recuerdos, pues antes se acalambraba con frecuencia. Un mal gesto: esto me agobiaba más que la previsible «contracción repentina e inesperada (y dolorosa) de los músculos», es decir, me agobiaba no intuir nada de ese posible mal que se avecinaba y tener que considerarlo, por tanto, todo malo, cualquier movimiento que pudiera realizar. De ahí que no me moviera, que permaneciera tumbado, rígido y asustado, cosa esta que debía saber que era un error (un mal).
Este error pendía oscuramente sobre mi cabeza, la angustia católicamente cargada de remordimientos de una existencia que se hallaba en un estado de equivocación permanente; al mismo tiempo, sin embargo, me llenaba de una alegría un tanto menos explicable que el cansancio se asociara de forma tan nítida al cuerpo. Sonriendo, abrí los ojos.
Me habían dado una habitación individual, lo cual era bueno, pero a la vez me aislaba. En ocasiones oía voces misteriosas procedentes del pasillo. Así como una risa femenina claramente identificable, como si esa risueña mujer se hallara a mi lado; esto era lo más perturbador. Lo más indignante. Mi madre estaba en la puerta, ni fuera, ni dentro, con la enfermera Emma; parecían estar hablando. La enfermera Emma, una mujer rigurosa, poco amable, gozaba de toda mi confianza. Daba la impresión de pensar mal de mí, aunque lo disimulara por deber profesional.
Hoy le quitaremos los puntos, dijo una mañana. Fuera nevaba como en un cuento, con unos copos enormes. "

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