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El Poder de la Palabra es un portal dedicado a la cultura. Comenzó su andadura en 1998 mostrando diferentes autores literarios. El sitio web fue creciendo y se amplió con lo mejor de otras áreas de la cultura, arte, arquitectura, cinematografía y música.
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Música de la semana

Frederick Delius
(Gran Bretaña, 1862-1934)
Koanga (1904)

Banda sonora de la semana

Detroit, 2017
(James Newton Howard)
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Compositor de la semana

Nora Orlandi
(Italia, 1933)
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Escenas inolvidables de la historia del cine

Mar adentro, 2004
(Alejandro Amenábar)
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Texto de la semana

Claude Simon
(Francia, 1913-2005)
La hierba (fragmento)
"Con las manecillas inmovilizadas para siempre, y la fatídica y ciclópea esfera luminosa llenando toda la ventana como una especie de astro mirón, se encuentran allí para imprimir con insistencia en el espíritu del viajero o de los amantes clandestinos esa furiosa y anhelante ansiedad de lo provisional, de lo limitado, confiriendo aún al placer su carácter trágico, que consiste en tener, antes o des­pués, un final, y, a medida que los tres entraban en la habitación, Louise mirando a la fútil pastora, contable engalanada del placer, acodada en el tiempo descom­puesto, los pliegues de su falda dorada reluciendo en la penumbra, después el lecho, la almohada donde reposaba ahora, no el cráneo desnudo, patético, la sim­ple caja de hueso, sino, bajo la cabellera llameante o más bien anaranjada, el rostro pintado de Sabine (donde quizá la sombra azul-negra alrededor de los ojos era esta vez natural y no artificial, pero la cos­tumbre de verlo pintado hacía pensar en un afeite) y, al lado de la cama, el hombretón, inmovilizado en la posición en que se encontraba cuando ellos habían llamado a la puerta, de pie, en mangas de camisa y con tirantes, con su vientre monstruoso e informe delante de sí, o mejor dicho, adelantándose a él como una cosa ajena, y, en las manos, la compresa fresca —una toalla doblada, mojada en el lavabo y escurrida— que se dis­ponía a ponerle en la frente, mirándolos a los tres con sus ojos desteñidos, embotados (como los de una per­sona que leyera o releyera nombres, palabras perfectamente conocidas, pero sin encontrar o mejor dicho sin esperar el menor significado), únicamente impreg­nado de una especie de indecible y desoladora fatiga (¿o exasperación, o resignación?), por el ruido que hicieron, la cabeza que yacía sobre la almohada alzando los párpados azulados, pero sin moverse, deteniéndose casi en seguida, dejando filtrar apenas por una mínima ranura (como si abrir del todo los ojos fuese superior a sus fuerzas) una mirada moribunda, más allá de las lágrimas, de la desesperación. "

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